Categorías: Escritos Relatos
Lo acepto
Lo aceptoLo acepto.

Me vuelvo hacia adentro, soy instante.

Me deshago en espuma y vapor de vaho. Respiro, estoy muriendo.

Aparezco en mitad de un anhelo que se desangra, lentamente, sobre todos los debería que pude hacer y no obstante, no realicé. Callo y respiro escarcha.

Me siento tibia, empapada en la hiel que emborracha los fragmentos de mis amores pasados. Flota el resentimiento alrededor de ellos, como si fuera un iceberg famélico, abandonado a su suerte. Tiemblo.

Me cobijo entre los recovecos de un puñado de lágrimas que no fui capaz de liberar y me duermo. Pasa el tiempo, envejezco. Amanezco desnuda a los pies de un amanecer que ahuyenta al miedo. Siento calma.

Miro hacia abajo, y en mi periferia descubro mi inexistencia, a través del Soy más puro. Exploro lo que percibo, deslumbro. Libre al fin, del dolor, la pena y la culpa. Comprendo el camino, deshojada del apego. Lo acepto.

Fluyo.

Imagen: Daniel Kordan

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La otra llama

La otra llamaLa otra llama.

“Me desvanezco

y rota en mil esquirlas de aire,

continúo siendo ausencia”.

Un golpe seco en la ventana, consiguió que la niña dejara de leer el cuaderno de poemas que había encontrado en el mohoso sótano de sus abuelos. De un salto, lo escondió bajo la almohada y miró a su alrededor en busca de quien la había asustado; mas sólo la rama del viejo olmo del jardín mecida por el viento, respondió a su llamada.

Hacía frío aquella noche. El aire se filtraba por el marco de la ventana y movía las cortinas de manera espectral. María se estremeció. Era la primera vez que dormía en la habitación del fondo. Siempre le asustó aquél dormitorio. Estaba ubicado al final de un largo pasillo y también, muy lejos del cuarto de sus abuelos. Siempre temió encontrarse con lo desconocido al cruzar su puerta. Era una especie de miedo irracional que ni siquiera le permitía mirar hacia su dirección. Sin embargo, ya había crecido (o eso le decían todos). Su abuelo le retó a dormir en el temido cuarto, aquella misma tarde, cuando bajaron al sótano en busca de la vieja caja de juguetes con los que jugaba la madre de María, cuando ésta era pequeña.  Allí encontró el cuaderno y sin que el abuelo lo viera, lo escondió debajo de su jersey de punto.

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Buscandote

BuscandoteBuscandote.

Ella me pidió que te esperara. Era tarde y la lluvia había espantado a todo transeúnte despistado. Se hizo de noche y sin embargo, aquí seguía yo, con mi gabardina y los pies empapados; contemplando el agónico abandono del segundero de un reloj, que parecía no tener cuerda. Él me miraba, ahí arriba, encaramado a una de las torres de piedra. Parecía reírse de mí, desde la tétrica silueta de esa maldita Iglesia, en la que tú y yo, un día, nos casamos.

Las horas pasaban mientras que para mí, enraizado en mitad de aquella plaza vacía, comparaba el tiempo con la caída impasible de los pétalos de una rosa mustia. Exasperé buscando en mi disconformidad, tu presencia, mas tú no apareciste.

Ella me telefoneó como seis veces, en las horas en las que, todavía, aguardaba más allá de la paciencia, tu figura. La estatua que presidía la plaza, debió de pensar que estaba mal de la cabeza. Ella me observaba a través de sus fríos ojos de mármol, mientras la lluvia nos castigaba a ambos. Quizá debí quedarme seis o nueve horas más, pero pensé que tres, fueron más que suficientes. No logro determinar en qué estarías pensando…

La tetera silbaba sólo para mí, en aquella mañana en la que las nubes negras, dieron paso a un sol que no calentaba en absoluto. Había planeado aquel momento de mil formas distintas. Café, tortitas, incluso hubiera madrugado para traerte churros con chocolate; pero aquella mañana, no había nadie conmigo y yo no pegué ojo en toda la noche. Estuve pendiente del teléfono, de la ventana y de la puerta. Dando vueltas por las calles por si te encontraba. Llamé a los hospitales y a la policía, pero nada. Te evaporaste.

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Purpura

purpuraPurpura.

Te tengo que encontrar descalza, anudando las hileras de sueños que nos acogen. Nadie como tú, trenza las ilusiones venideras. Te quiero escuchar silbando, porque cualquier sonido que escapa de tus labios, se transforma en nubes de algodón, que llenan de vida y sabor, el paisaje.

Aunque no lo creas…

Ojalá, el púrpura del llanto, te traiga nuevos amaneceres cargados de luz. Ojalá, los pétalos que componen tus alas, te den la libertad que tanto anhelas. Ojalá, dejes de verte perdida en mitad del espanto. Ojalá, las flores renazcan sobre tanto dolor.

Ojalá…

Te tengo que encontrar descalza, andando de puntillas sobre este sueño púrpura. Haciendo malabares de la palabra, componiendo el mundo… Siempre estuviste y estarás, en mis mejores deseos.

Respira, poeta, respira.

…El mar dibuja olas con tu nombre…

Ya oigo deslizarse tus pasos, sobre el sendero púrpura.

Purpura.

A Verónica Calvo.

Imagen: Kirsty Mitchell

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Si vuelves

si vuelves

Si vuelves

a llevarte retales de mí, al menos, llévate mis horas muertas. Quédate con los paisajes apagados y fríos, con las ventiscas y los llantos reprimidos. No necesito nada de ellos ni tampoco, necesito nada de ti.

Quédate con las miserias y desprecios que me hice, con las migajas compasivas de las que me alimenté, con las mentiras que yo misma, me inventé… Aleja de mí, los fracasos que me achantaron y las burlas y críticas, que me amarraron a la imagen que otros tenían de mí.

Si vuelves a robarme algo mío, asegúrate de que sean, los juicios que encasillan mi existencia. Cerciórate de arrebatarme la mierda que tragué, por miedo a quedarme sola y asegúrate, de no olvidar nada que sea tuyo, porque nada de esto, me importa ya y ni mucho menos, me importas tú.

Si vuelves, que sea para evaporarte.

Imagen: James Bulloug

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Notas al aire

Notas al aireNotas al aire

Me voy lejos de ti, lejos del ruido.

Me marcho, para que mis pasos no vuelvan a cruzarse con los tuyos.

Para que la espina de esta rosa se pudra.

Para que el silencio recicle tu ausencia.

Me retiro al lugar donde las voces no llegan.

Conmigo, el cielo y el mar, las horas y los sueños que me quedan.

La brisa transformará mi cuerpo en crisales de sal.

Sonreiré.

Hoy aprendí, que los corazones más grandes son también, los más callados.

Imagen: Mikko Lagerstedt

Notas al aire.