Categorías: Escritos Relatos
Sabotaje
SabotajeSabotaje.

Sabotaje es rondar por mi mente y descolgarse de suspiros. Es trepar por mis ansias y deslizarse por los pliegues de mis dudas. Es besar cada defecto para volverlo valioso e imprescindible. Es iluminar con nuevos soles, las cavernas dónde duermen mis miedos. Es abrir las ventanas dónde apilo mi certidumbre, para que el viento la desordene. Es desprenderse de las imágenes que identifico conmigo, para buscar quién vive en realidad, debajo de tantas pieles.

Sabotaje es aprender a liberarse del miedo cuando ya no sé quién soy y sentirse libre, cuando comprendo que no me importa. Es cuestionarse que quizá, yo no tenga la razón en todo y que muy posiblemente, nada de lo que yo sepa, sea verdad.

Sabotaje es emprender un viaje sin retorno en busca y rescate, de lo mejor de mí. Es mostrarte mi peor parte y también, la más frágil, para que, pese a ellas, tú me sigas amando. Es abrazar el día a día, a sabiendas de que sólo el ahora me pertenece.

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Otoño

OtoñoOtoño.

Lúgubres y asonantes, así son los versos que nos sostienen. Ni el crepitar de la hoguera vence ya, nuestro invierno. Se han desdibujado palabras cargadas de dulzura… Como si fuera tan fácil desvestirse de ellas… Ahora quedan suspendidas dentro de un frasco de formol… en busca de la melodía, de aquella melodía….

Esta noche vino a verme la muerte y acarreó consigo, algunos de mis yoes pasados… y con ellos, te trajo a ti… quimera hostil de rostro cambiante. Reviví lo que era estar contigo y el resultado fue un vacío inmenso… Te has paseado por fragmentos de mí que quedaron obsoletos, mientras te vigilaba en la distancia. Intentaste de nuevo, hacerme sentir, como si creyeras que  aún te necesito.

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Si les ves

Si les vesSi les ves.

Se me acabaron las ganas de seguir bailando. Ya ves, hasta descalza puedo decir que siento el vértigo de las alturas… He paseado mucho tiempo con los dedos entumecidos. Algunas veces, lo hice tratando de acercarme a la gente de este mundo… otras, para huir de todos ellos…

No me apetece seguir con esta música. Siento que estoy haciendo el imbécil… Ahora te pido que me dejes a solas por un minuto. No me importa estar sentada sobre este suelo helado. Me repondré, ya lo verás. Perdona si te digo, que lo que me ocurre es solamente cosa mía… No quiero hablar con nadie en este momento. Tampoco aguanto ahora, que me hagas compañía. Sólo necesito quedarme sentada aquí, sobre el frío pavimento. Abrazar mis rodillas y perder la mirada en el vacío… Es posible que allí pueda encontrar algo de consuelo.

Llevo días simulando ser y estar bien, cuando lo cierto es que ambos sabemos que no es verdad… Déjame expresar tranquila mi gesto serio, no me sale usar otro. Estoy cansada de deslumbrarme con el brillo de tanta sonrisa fingida… Aprendí a no desperdiciar mi tiempo engañando a nadie. También es cierto que ya, pocos me importan… Observo mi alrededor, ¿los ves? Son como líneas paralelas idénticas… Cada vez me siento más desconectada de todos… Empiezo a ver sobre mi piel oleadas de vapor coloreado… En cambio, me resulta más difícil distinguir lo que significa hoy, ser persona de ser, simplemente, humano… Contemplo el desamparo de las plantas… No aprecio luz al final de ningún túnel porque estoy aquí, enredada en la maraña de un paisaje de tormenta… sintiendo la lluvia por dentro y el fuego en la mirada.

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El autobús

El autobúsEl autobús.

Cuando anochece en la ciudad, parece que la vida se apresure a esconderse. Granada se viste de tenues luces mientras sus calles son recorridas por personas que caminan deprisa y suben en autobuses con destino a casa. Son autómatas que celebran con un suspiro y una sonrisa en los labios, unas leves horas de restringida libertad.

Yo también esperaba al autobús en aquél crepúsculo. Como muchos otros, trataba de no mirar a nadie a los ojos y me entretenía recorriendo con la vista, las juntas de las baldosas. Ver pasar los coches es aburrido, tanto si esperas como si no. Traté de escuchar el canto de las aves por encima del ruido, pero éste lo ahogaba con su vaporoso sabor a alquitrán.

Al fin llegó mi transporte. Me abroché el abrigo y subí a aquél autobús con destino a mis paisajes. Para mí, la ciudad ya no tenía más significado que el de ser un lugar de paso. Me observé las manos. Estaban frías y enrojecidas. Fuera, sólo fragmentos de mi reflejo me devolvían la mirada a través del vidrio. Se trataba de una mirada cansada y perdida, ausente… En el fondo sé que yo no existía para ella.

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La ilusionista

La ilusionistaLa ilusionista.

Él se columpiaba entre el deseo y el miedo. No debía, pero miraba y a cada descuido fugaz, el vértigo lo zarandeaba, nublándole la razón. Se sentía como el equilibrista sobre el cable de acero, con la barra entre las manos sudorosas, resbalándosele despacio. Perdiendo, a cada intento, la compostura e inclinándose, fatídicamente, hacia el abismo infinito. Ése, que se dejaba entrever en el escote de ella.

Ella jugaba sus cartas con ojos de ilusionista. Desplegando sus movimientos desde las sombras. Invitando a su rehén a entrar en un círculo de transmutación exquisito. Confiándole una extraña y seductora sensación de poder que se volvió escarcha, al sentir el roce de sus suaves y latentes labios, sobre su oreja.

Ella le decoró la piel con su aliento y con cuidado de pronunciar bien cada sílaba, vio caer al equilibrista en su red de saliva y miel. Todo por un susurro: fóllame.

La ilusionista.

Aportación que realicé en septiembre de 2015 para la Antología de Relatos Eróticos de Ediciones con Talento.

Imagen: Ryohei Hase

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Niño Guepardo

Niño GuepardoNiño Guepardo.

[…]

—El camino que conduce a la ciudad pasa por un desfiladero del que cuelgan a sendos lados, los cuerpos inertes de antiguos traficantes. Para llegar a Nyartha, es necesario poseer un buen transporte si no quieres adornar las rocas con tu sangre. Los Ïurnon custodian la entrada y no se dejarán sobornar por menos de una bolsa de plata. Una vez fueron una tribu nómada que vivía en armonía con la Madre Tierra, pero ahora, con la llegada al trono de Zoorwen, se han convertido en vulgares asaltantes y asesinos. No queda nada puro en ellos. El desierto ha dejado de ser la cuna del hombre libre— el druida hizo una pausa y miró al joven—. Ahora dime, ¿qué piensa hacer un simple niño, para llegar vivo a la ciudad?

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