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La Niebla Cuarta Parte

La Niebla (Cuarta Parte)

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La Llamada

Tenía muchísimo frío, necesitaba refugiarme. Orientado por el sonido de la fuente, adiviné hacia dónde quedaba la entrada al ayuntamiento y dirigí mis pasos hacia allí.

Como era de esperar, el hombre con quien me había citado, no me estaba esperando. Si esta epidemia no lo hubiese pillado a él también por sorpresa, me imagino que me hubiese telefoneado para advertirme. Espero, sinceramente, que él y su familia estén bien y que hayan conseguido escapar del pueblo. Pero, ¿qué ha provocado este infierno?

El chico me dijo que llevaba cuatro días en el baño. Pobre chaval, ver como tu padre se convierte en… ¿en qué se transformó? ¿Qué son? ¿Qué coño les pasa? Estoy recordando al primero que vi en aquel callejón oscuro. ¡Qué horror! Llevaba las tripas fuera, ¿cómo podía seguir viviendo? ¿Cómo podía querer pelear y por qué? ¿Por qué todos ellos aúllan y me persiguen? ¿Y el fuego? Esa gente estaba ardiendo y ni siquiera se inmutaron, ¿acaso existe algo que inhiba el dolor?

Mis turbios pensamientos fueron rotos por un aullido en la lejanía. Nunca podré borrarlos de mi cabeza. Sin pensármelo, eché a correr con los brazos extendidos y pronto choqué contra el muro de piedra. Los aullidos estallaron de nuevo, esta vez, algo más cerca. ¿Estarían persiguiendo a alguien? ¿Habrían encontrado a Javi?

Esa idea me fracturó todas y cada una de mis esperanzas por sobrevivir a esta locura. No quería imaginarme al chiquillo rodeado de bestias inmundas, sedientas de sangre, pero ¿qué podía hacer yo para protegerle? ¿Cómo se derrota a ese enemigo?

—Soy un cabrón cobarde —me dije.

La puerta del ayuntamiento estaba abierta. Entré aceleradamente y la cerré. Ni siquiera presté atención al sonido de la madera, sólo quería mantener los aullidos bien lejos de mí. Dentro, las luces estaban apagadas, pero mis ojos alcanzaban a ver la huella del horror que las paredes y el suelo manchados de sangre, relataban.

Mesas y sillas volcadas, moscas sobrevolando trozos hediondos de carne, huellas de pisadas en todas direcciones de manos, escalando por la pared, golpeando puertas cerradas. Ventanas rotas a través de las cuales, la lánguida y espeluznante niebla, lamía los recovecos de un escenario de muerte. La batalla debió ser encarnizada.

Temblé. La brisa mecía las páginas de un libro abierto sobre una balda. Despacio, me acerqué al recibidor y miré tras el mostrador. Mis pasos, prudentes, parecían hacer gritar al mármol. Encontré una chaqueta en la espalda de una silla y aunque no me gusta robar, me la puse, muerto como estaba de frío. Un teléfono me sonreía irónico, en la esquina. Me quedé mirándolo, medio bobo, intentando recordar el número de la guardia civil. Seguramente allí lo tendrían, en los archivos que ahora estaban bebiendo sangre del suelo. Luego lo descolgué y lentamente, marqué el teléfono de casa. Pensé en mi mujer y en mi hija mientras el auricular me devolvía un pitido pausado. Finalmente, alguien descolgó el auricular.

—¿Hola? Carmen, ¿eres tú? —pregunté.

—¿Ricardo? ¿Qué ocurre? —Su voz sonaba angustiada—. ¿Estás bien? ¿Dónde estás? ¡Tienes que volver a casa! —lloró.

—¿Qué pasa?

—No lo sé —balbuceó. Tomó aire para serenarse y añadió—. La guardia civil está aquí, en la calle. No nos dejan salir de casa. Están… oh, Dios mío, están disparando a la gente, ¡a nuestros vecinos! —gimió—. Creo que estamos otra vez en guerra, Ricardo, ¡ten mucho cuidado!

—¡Santo cielo! —exclamé—. Escúchame bien. Quiero que cierres puertas y ventanas, atráncalas, pon muebles si hace falta, pero no dejes entrar a nadie, sea quien sea, ¿me has entendido? —en la oquedad de la más absoluta ausencia, el sonido pesado de arrastre de la madera, me zarandeó. No estaba solo.

—¿Muebles?

—Sí, muebles. —Bajé la voz—. No sé si estamos en guerra, pero aquí —susurré— la gente se está matando los unos a los otros, se están comiendo entre ellos.

—¡¿Comiendo?! ¡Santo cielo! Eso no puede ser cierto—Hizo una pausa y añadió—. ¿Por qué susurras?

—Sí, lo es —seguí susurrando—. No me queda mucho tiempo. Carmen, por tu padre, atráncalo todo, escondeos y no hagáis ruido. Intentaré llegar cuanto antes.

—Está bien.

—Y Carmen, oigas lo que oigas, llame quien llame, no abras esa puerta ¿me oyes? —el sonido de un portazo hizo que me cagara de miedo.

—Sí —respondió tímidamente.

—Te quiero, todo saldrá bien.

—Sí, por favor, ven pronto.

Un gruñido inhumano se deslizó por las paredes como un animal hambriento. Sentí que el frío me taladraba las arterias. Tragué saliva, colgué el auricular y me agazapé tras el mostrador. La onda de inmundicia avanzaba con pasos torpes en su viscoso intento de abastecerse. Lo escuchaba cada vez más cerca. Desarmado, planeé escapar por donde había entrado, pero al asomarme descubrí a dos individuos más, que me cerraban el paso. Avanzaban con pasos lentos, pensé que quizás, podría correr más que ellos, pero frené mi instinto de escapar cuando una pregunta cruzó por mi mente: ¿y si me cogen? Mi mujer y mi hija me esperaban en casa, también ellas tenían problemas. Me necesitaban.

Volví a asomarme, esta vez llegué a contar cinco individuos caminando despacio por la sala. El mármol replicaba sus pisadas como un maldito reloj que marca la cuenta atrás al último aliento. Era sólo cuestión de tiempo que a alguno de ellos le diera por pasar tras el mostrador y entonces, yo no tendría escapatoria. Mientras pensaba en cómo salir de ésta, una huesuda mano golpeó sobre el mostrador y lo arañó hasta asomarse por el borde. Sus uñas, negras, pendían de los dedos mediante hilillos de piel. Una de ellas, cayó al suelo, a mi lado. Fui incapaz de no apartarme. El hálito de aquel infame ser embadurnó la madera. Luego, su mano volvió a esconderse, arañándola una vez más. Entonces, ese asqueroso engendro de mierda, aulló y el resto, le siguió en su monstruosa demencia.

Me tapé los oídos y cerré fuerte los ojos. El suelo tembló, eran los pies de los muertos los que tamborileaban hacia mí. Dos de ellos entraron tras el mostrador y corrieron hacia la pared del fondo. Los cabrones eran rápidos, muy rápidos. Gruñían y me buscaban, acercando sus feas caras por los muebles y el suelo. Poco a poco, fueron suavizando sus movimientos hasta hacerlos más lentos. Yo me quedé muy quieto. Estaban de espaldas a mí y no me habían visto… todavía.

El engendro aullador volvió a asomar sus sucias manos sobre la madera. Gruñía y parecía masticar el aire. Otros dos permanecieron en la sala, tras él. Aunque los escuché muy cerca, no se habían asomado. ¿Por qué?

El contador de mi vida estaba a punto de agotarse. Solo necesitaba que uno de esos dos se girase y yo pasaría a ser hombre muerto. A mis espaldas, quedaban tres que no me dejarían escapar si intentaba salir del mostrador. No sabía qué hacer, estaba a punto de desmayarme. Empecé a hiperventilar y me agobié. Sentía calor.

Atormentado, vi como uno de ellos tropezaba con un lapicero y un bolígrafo rodaba hasta el suelo. Él y el otro, se acercaron rápidamente hacia el objeto y lo observaron, alejándose de él segundos más tarde. Entonces, tuve una idea.

Con sumo cuidado, me quité la chaqueta y agarré una grapadora que estaba tirada a unos centímetros de mí. Me santigüé, tomé aire y con todas mis fuerzas lancé la grapadora por encima del mostrador hacia la sala y me oculté tras la chaqueta. El sonido de la grapadora contra el suelo no fue tan estridente como me hubiese gustado, pero fue suficiente para distraer a los tres que permanecían al otro lado del mostrador. Les oí correr hacia el objeto y yo no me atreví en un principio a moverme. Asomé un ojo entre la ropa y alcancé a ver que los otros dos, ignoraron la distracción y que ahora, estaban más cerca de mí. Supe que, si seguían husmeando con sus asquerosas caras cada recoveco, la chaqueta no sería lo suficientemente grande para mí.

Saqué valor de donde no me quedaba más que aire, y miré tras el mostrador. Ahora, los enajenados volvían a moverse despacio, como ensimismados en sus particulares mundos de muerte. Casi me atrevería a pensar que se habían olvidado de mí.

Sin embargo, los otros dos no parecían haberme olvidado.

Demasiado lejos de la salida, decidí que sería más sensato escabullirme por el pasillo que parecía estar vacío. Para ello, necesitaba una mejor distracción que una grapadora. Ahora que no tenía a nadie aferrado al mostrador, me separé un poco y agarré un florero de cerámica que estaba sobre una mesa próxima. En cuclillas, caminé de espaldas hasta arrinconarme con el lateral del mostrador que estaba más próximo al pasillo por el que quería huir. Vigilé a ambos grupos de asesinos, tomé aire y cuando sostenía el jarrón con el brazo hacia atrás, el teléfono que yo había usado antes, empezó a sonar.

Alertados, los dos monstruos que estaban de espaldas a mí se giraron y me descubrieron, rompiendo a aullar como auténticos animales. Los del otro lado, salieron de su ensimismamiento y corrieron hacia mí.

Recuerdo romperle el jarrón en la cara al primero que se me acercó. Como si tuviera un resorte, me puse en pie y corrí como un pollo descabezado por aquel pasillo que parecía no acabarse nunca. Es cierto que grité y lloré a la vez, mientras los aullidos descarnados, se amplificaban y los pasos de una gente que parecen correr sin cansarse —como almas que lleva el diablo—, me pisaban los talones.

El pasillo se terminaba. A un lado y al otro, puertas. Al fondo, unas escaleras por las que no estaba seguro de quedarme con energía para subir. Esquivé una silla volcada y unos metros más adelante, resbalé sobre una mancha de sangre, con tan mala pata de caer al suelo y golpearme la cabeza con una puerta.

Sin llegar a levantarme, accioné la manivela y me colé dentro. Cerré y eché mi peso sobre la puerta. Estaba a oscuras. Los engendros la golpeaban y aullaban tras ella. Me levanté para oponer más resistencia a la puerta. En ese momento miré hacia abajo, guiado por un tintineo familiar. Deslicé mi mano hacia el sonido y encontré unas llaves que pendían en la cerradura. Las giré y me quedé encerrado, aislado. A salvo, tal vez, pero a oscuras. Entonces sentí miedo. ¿Dónde estaba?

Me palpé el bolsillo del pantalón y saqué el mechero. Su cálida y tímida luz me mostró el camino hacia el interruptor. . La ansiedad me devoraba de tal modo, que preferí presionarlo y que me atacara lo que quisiera que estuviera ahí dentro, antes que permanecer un minuto más en la agonía. De repente, se hizo la luz. Descubrí que me hallaba en una pequeña habitación con estanterías, productos de limpieza, cubos, escobas y fregonas, pero ni una puñetera ventana.

—Aire —pensé—, necesito aire.

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Imagen libre de derechos.

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Pilar Ortiz
Amante de las buenas historias, fruto de una imaginación desbordante. Apasionada, descriptiva y muy visual. Sus cualidades sólo son superadas por sus ganas de aprender y perfeccionarse en el arte de la escritura.
Pilar Ortiz

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4 comentarios en “La Niebla (Cuarta Parte)

    1. Gracias Mía, ¡bienvenida!
      Me alegra mucho que hayas decidido visitarme semanalmente. Intentaré mantener un asiento cómodo y una bebida caliente esperándote. ¿Te gusta el chocolate?
      Un abrazo.

  1. No voy a poder esperar al Domingo!!! Necesito leer la quinta parte ya!!!Creo que es la mejor parte de las cuatro que has publicado.Y se que el Domingo q viene te diré lo mismo con la quinta parte,porque la historia cada vez engancha más.Enhorabuena!! Me ha encantado.

    1. Gracias Pilar!
      Qué feliz soy de tenerte de vuelta!
      Voy a tener que sumar otro asiento y otra bebida caliente para las tardes de domingo. ¿Café, quizás?
      Espero no decepcionarte la semana prlxima.
      Cuídate mucho!

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