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La niebla (octava parte)

La Niebla (Octava parte)

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Un par de manzanas

En el despacho del alcalde, el suave crepitar del fuego acompañaba el sueño de los ingenuos mientras el tiempo trascurría ajeno a la amenaza que pronto, los sorprendería. Un leño chamuscado rodó hasta estamparse con la pared de ladrillo. El sonido de los troncos al deslizarse sobre las brasas despertó a Francisco quien, sobresaltado, consultó el reloj y descubrió que su turno de vigilancia debió empezar hacía rato. De un brinco, salió de debajo de la capa de abrigos, se estiró, se puso los zapatos y caminó hacia el punto de guardia, junto a la escalera.

Ricardo, sobre la silla, había encontrado la postura perfecta para entregarse a los cálidos brazos de Morfeo. Lo cierto es que antes, permaneció despierto durante muchas horas, preocupado por lo que le hubiese podido pasar a los suyos y nervioso, a su vez, por lo que les tocaría vivir al día siguiente. El cansancio del extenuante día fue pesando en sus párpados, poco a poco. Al principio, tuvo varios sueños ligeros que se transformaron en pesadillas, en cuanto los horrores experimentados aparecían para torturarle. Finalmente, se durmió y no soñó nada más que oscuridad inmensa.

Cuando Francisco abandonó el despacho, supo que el vigilante se había dormido. El eco de sus ronquidos se proyectaba, amplificado, a lo largo del pasillo. Dormirse durante una guardia era peligroso, pero también, humano y por eso, Francisco no tenía pensado echar ninguna reprimenda a Ricardo.

Sin embargo, un olor pegajoso y nauseabundo empezó a masticarse conforme avanzaba por el pasillo. Aceleró el paso. El eco de sus pisadas le hizo contener el aire, expectante. Al llegar allí, se encontró a Ricardo durmiendo a pierna suelta, totalmente relajado y ajeno a la amenaza de un cuerpo que aparecía entre el montón de muebles.

El torso de la criatura sobresalía por el agujero y extendía los brazos hacia el bello durmiente. Francisco no podía verle la cara, pero sí la espina dorsal, que sobresalía, desnuda y sin piel. Colgaba tan cerca de Ricardo, que Francisco tenía miedo de gritar por si éste, al sobresaltarse, caía en las garras del cazador.

Sin nada más que sus propias manos para intervenir, Francisco se santiguó y respiró hondo. Luego avanzó hacia el carnívoro y, desde los lados, agarró la cabeza con fuerza. Sintió como un escalofrío le recorría de arriba abajo y que una arcada le venía, pero se contuvo. Las gélidas manos del muerto atraparon, entonces, sus brazos y Francisco sintió la dolorosa presión de quien se ase para llevarte consigo a la tumba. Fue rápido y espeluznante. El “crack” despertó con sobresalto a Ricardo, cuyos ojos se toparon con los vidriosos ojos de su atacante. Del impacto, Ricardo cayó de la silla y recibió un puntapié por parte de Francisco, quien le instó a no gritar. Lentamente se levantó y ambos miraron el cuerpo.

—Iba a matarte —pronunció con aspereza, Francisco—. Por suerte, ha venido solo.

—¿Por qué no aulló?

—Por esto. —Francisco sostuvo la cabeza del cuero cabelludo y la levantó, dejando al descubierto el rostro, sin mandíbula, del muerto viviente.

—Por favor, deshagámonos de él —rogó Ricardo —. Lamento mucho haberme dormido —se disculpó.

—No te preocupes, nos ha pasado a todos. Afortunadamente, me desperté a tiempo.

—Gracias.

—Nada, tú habrías hecho lo mismo por mí. Saquemos a este miserable y arreglemos el agujero.

Ricardo y Francisco tiraron del cuerpo inerte con cuidado de no derribar los muebles que estaban sobre él. El condenado había extraído bastantes piezas de este aglomerado de protección y ahora, se repartían por el rellano.

Cargaron el cuerpo entre los dos y lo arrojaron a través de una de las ventanas que daba al exterior. El cadáver cayó con un sonido sordo y la niebla no tardó en ocultarlo.

El hueco de las escaleras era bastante grande como para dejarlo estar y añadir nuevos muebles, no era una opción. Por suerte para ellos, el amanecer estaba próximo, así que decidieron despertar al resto y prepararse para la expedición.

Una vez listos, agrandaron el hueco de la escalera y devolvieron al otro lado los muebles que habían sido quitados. Antes de irse, Rosa le dio las últimas indicaciones al anciano y se despidió de él.

—Bien don Rodrigo, quédese con la escopeta.

—No, es demasiado pesada, prefiero la pistola.

—Está bien —dijo tendiéndole el arma—. Le dejo la llave del despacho, Francisco ha arreglado bastante bien la cerradura, si necesita refugiarse, hágalo allí y no olvide colocar muebles tras la puerta.

—Espero no tener que hacerlo —sonrió el anciano mientras cogía la llave y Rosa guardaba el manojo de llaves, que Ricardo había traído, en el bolsillo de la chaqueta.

—Volveremos en unas horas. —Le abrazó—. Por favor, si nos escucha gritar —añadió—, no venga. Le suplico que no venga. —El anciano asintió con pesadumbre. Después, Rosa continuó—. Coloque bien los muebles cuando salgamos y no se aleje mucho. Necesitaremos que nos ayude a entrar.

—Aquí estaré.

Rosa, Ricardo y Francisco salieron al rellano y comenzaron a subir las escaleras despacio y en silencio mientras don Rodrigo, a sus espaldas, tapiaba la entrada al refugio.

Las nubes anunciaban un día de lluvia, frío y oscuridad. El silencio recogido en aquellos peldaños manchados, ocasionalmente, por sangre seca, erizaba la piel y agudizaba los sentidos. Nada se movía en aquel escenario de abandono.

La tercera planta se presentaba, aparentemente, desierta. Tras una enorme maceta volcada, encontraron un cuerpo al que apenas habían dejado algunos pedazos de carne y los ojos, que parpadearon al verles. Sin garganta y con apenas músculos para moverse, el cuerpo no aulló y se arrastró únicamente unos centímetros, lo máximo que sus desmembrados miembros dieron de sí.

Francisco, cargado de frialdad, se acercó a él y atravesó uno de sus ojos con una estaca. La clavó hasta el fondo y el monstruo dejó de moverse en ese preciso instante. Rosa asintió con gesto de aprobación y siguieron adelante.

A través de una puerta entornada, encontraron a tres de ellos erguidos y de espaldas, completamente inmóviles. Con mucho cuidado, cerraron la puerta y echaron la llave. El sonido de la cerradura los sacó de su hibernación, consiguiendo que se giraran, pero a falta de más estímulos, no llegaron a caminar hacia la puerta y tampoco, aullaron.

Más adelante encontraron el rastro de las obras. El pasillo se vació de mobiliario, las paredes estaban cubiertas de yeso y el cableado sobresalía de ellas. A mano derecha encontraron el cuarto de baño, carente de puerta, ventana y griferías. El suelo también estaba levantado y encharcado por una mezcla de restos humanos y lluvia. El hedor era espantoso.

Los tres aventureros se taparon la nariz y la boca con un pañuelo y luego, se acercaron a inspeccionar una bolsa de tela que estaba tirada en el suelo, junto a un paquete abierto de azulejos. A unos metros de ella, dormía un cortador de cerámica, junto a una sierra de calar enchufada a una batería.

En la bolsa había escasas herramientas además de una tartera metálica, que parecía estar llena. Con cuidado, la sacaron y abrieron, sin poder evitar que chirriase ligeramente. Se quedaron inmóviles, agudizando el oído, por si algo se acercaba. Tras unos segundos, respiraron hondo y contemplaron el contenido.

Un paquete de galletas sin abrir y dos objetos envueltos en papel de aluminio. Ilusionados, los desenvolvieron haciendo el menor ruido posible y hallaron un bocadillo, ya duro, de jamón con rodajas de tomate más dos suculentas manzanas rojas que les decían <<comednos>>. Los tres se pusieron a salivar enseguida.

—Me muero de hambre —gimió Francisco, mirando fijamente la tartana y olvidando bajar el tono de voz, que sonó amplificada por las paredes desnudas.

El eco se propagó por el pasillo como si fuera una llama persiguiendo un reguero de pólvora, despertando de su letargo a toda criatura hambrienta. A lo lejos, comenzó a oírse un murmullo, muy sutil al principio, pero contundente, al final. Preocupada, Rosa se asomó al pasillo y vio aparecer una jauría encolerizada de muertos vivientes que corría hacia ellos.

—¡Rápido, salgamos de aquí! —exclamó.

Francisco cerró la tartera, la introdujo en la bolsa junto con todas las herramientas que pudo requisar y se la echó al hombro. Los tres intrusos salieron al pasillo con la esperanza de escapar por las escaleras. Sin embargo, los aullidos anunciaban que no tenían escapatoria. Otra manada de asesinos trepaba por las escaleras y se dirigían a su encuentro.

Sin tiempo para actuar, retrocedieron hasta el cuarto de baño en obras y Rosa les instó a escapar a través de la cornisa de la ventana. Preparándose para disparar ante el más mínimo movimiento, se quedó la última para cubrirles con la escopeta. Ricardo encendió la batería y se colocó junto a Rosa, armado con la sierra de calar. Francisco, en cambio, ya había puesto un pie en la cornisa cuando los monstruos hicieron su aparición.

Rosa abrió fuego a las primeras figuras y sus disparos alimentaron la ira de los no muertos. Ricardo, con una fiereza hasta entonces desconocida hasta para él mismo, perforó algunos cráneos antes de escabullirse por la ventana. Por último, Rosa disparó un par de cartuchos más y puso un pie en la cornisa. Tenía medio cuerpo fuera cuando unas frías manos aparecieron para agarrarla desde los hombros y arrastrarla hacia su fin.

Sin pensárselo, Ricardo tiró con fuerza de ella y la mujer voló a través de la ventana. El monstruo cayó al vacío y ella quedó suspendida del brazo de él. Ricardo la asía con todas sus fuerzas mientras seguía agarrando la sierra con la otra mano. Una oleada de muertos vivientes saltaba a través de la ventana y pasaba a ras de ellos, en su intento por atraparles.

Francisco le ayudó a elevar a la mujer y a ponerla a salvo. Extenuados y aterrorizados, fueron recibidos por la mañana, cuya bienvenida consistió en una lluvia fina y helada. Rosa, Francisco y Ricardo, recorrieron la cornisa con la espalda pegada a la pared y con cuidado de no resbalar. No todos sus perseguidores se lanzaron hacia la nada, pero ninguno fue tan hábil como para perseguirles desde allí. Avanzaron todo lo rápido que pudieron mientras seguían escuchando los alaridos y rezaban para no encontrárselos en la siguiente ventana.

La tercera planta había despertado. Fuera, en la cornisa, la suerte de los intrusos pendía de un hilo. No podían volver a bajar la guardia ni olvidar a qué habían venido. Su plan no pintaba nada bien desde esos escasos centímetros que les separaban de una caída mortal. Sin embargo, ya no había vuelta atrás. Tenían que volver a entrar.

Continuará…

Imagen libre de derechos

 

 

 

 

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Pilar Ortiz
Amante de las buenas historias, fruto de una imaginación desbordante. Apasionada, descriptiva y muy visual. Sus cualidades sólo son superadas por sus ganas de aprender y perfeccionarse en el arte de la escritura.
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