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La Niebla (Quinta parte)

La Niebla (Quinta Parte)

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Con mierda en los talones

Los gruñidos y golpes en la puerta duraron unos interminables minutos. Poco a poco, la furia fue apagándose y el pesado silencio, desenvainó su espada de doble filo para dibujar un perfecto círculo alrededor de mi pequeño refugio.

Cuando todo pasó, me senté en el suelo y me llevé una mano al pecho. Estaba siendo el día más intenso de mi vida y lo maldije por ello. Al menos, en aquella pequeña habitación sin ventanas, tenía algo de tiempo para idear un plan.

Mientras pensaba en las pocas posibilidades que tenía de salir por esa puerta sin ser visto, me di cuenta de que, tras la estantería del fondo, estaban las trampillas de ventilación: una en la pared y la otra, en el techo. Lamentablemente, por ahí sólo podría salir un liliputiense y no un hombre de treinta y ocho años, cansado y hambriento. Acaba de caer en la cuenta también, de que me moría por un café y algo de comer.

Como no se me ocurría nada, me desplacé hacia la estantería y despejé la balda para observar mejor la trampilla. Encendí el mechero y la llama se esfumó al acercarlo. Luego repetí la acción en la trampilla del techo y el resultado fue idéntico. Desconocía en qué parte del edificio me encontraba, pero era evidente que ahí, existía un conducto que comunicaba con el exterior.

—Ojalá fuera una rata—me dije.

De nuevo sin saber qué más hacer, volví a sentir el frío intenso que reina en ese maldito pueblo engullido por la niebla; y es que me había dejado la chaqueta al inicio de la persecución. Entonces, reparé en el manojo de llaves que todavía pendían de la cerradura. Con cuidado, lo agarré y lo saqué. Al instante, el sonido de un golpe seco al otro lado, seguido de unos pasos torpes que se acercaban, me dejaron sin respiración. Escuché, pero no sucedió nada. Aquel ser caminó y se paró en la puerta como esperando, educadamente, a que yo le dejara pasar.

Los segundos iban pasando como si fueran meses y una endiablada calma se instauró en el pasillo. Poco a poco, empecé a dudar de mis sentidos. Quizás los pasos solo fueran invención mía. Probablemente, me los había imaginado. Estaba asustado, demasiadas emociones en un solo día para un hombre sencillo. Entonces, un repentino y casi irresistible deseo de salir de dudas, me poseyó. Debía abrir la puerta. Debía averiguar si había alguien al otro lado o si simplemente, me estaba volviendo loco. Debía salir de la maldita incertidumbre.

Mientras el impulso me abrasaba, coloqué la mano sobre el manojo de llaves y, lentamente, comencé a girar. Apenas hacía ruido. Una ceguera imaginativa me poseyó. Deseaba abrir esa puerta con toda mi alma. Solo un segundo más y saldría de dudas.

Suavemente, noté cómo la cerradura empezó a deslizarse hasta que sonó un ligero «click» y la puerta quedó abierta. Respiré por la boca y solté las llaves que golpearon contra la madera. En ese momento, un espeluznante y profundo gemido, me trajo de vuelta a la realidad. Sí, había algo ahí.

El engendro golpeó la puerta una y otra vez, y yo pensé que la echaría abajo. Sin cuestionármelo, la cerré con llave y me alejé unos pasos. Me volvía a faltar el aire en el pequeño habitáculo, y un sudor frío, recorría mi espalda. Tenía miedo. Creí que ese insulto a la vida y a Dios, derribaría la puerta.

Y entonces, otra vez, como por arte de magia, silencio.

Sentí pavor ante el desconcierto. ¿Qué podía hacer ahora? Temeroso, me puse a revisar todo el material que estaba a mi alrededor. Algo debía haber para ayudarme a salir de allí con vida.

Botellas de lejía, amoniaco, guantes de goma, mochos de fregona, escobas, cepillos de celdas…. Nada útil. Basura, pura basura para mí. Comenzaba a perder los nervios y la cabeza. Empezaba a creer que moriría en ese cuartucho de mierda.

¿Por qué Dios ha permitido esto? ¿Qué hemos hecho? ¿Por qué nos castiga?

Me giré y encontré, pegada a la pared, una escalera de madera, que debió vivir tiempos mejores. Estaba manchada de pintura y tenía un peldaño roto. La coloqué en el centro del cuarto y la usé para investigar lo que había en las baldas superiores.

Tras un paquete de papel higiénico, encontré una caja que contenía piezas de fontanería. Algunas abrazaderas, un par de grifos viejos, un destornillador y una preciosa y pesada, llave inglesa, entre otros utensilios. Al fin, algo de esperanza.

Sin embargo, haber rebuscado en la caja de trastos revivió el interés del visitante indeseado, que gruñó y deslizó sus manos por la puerta, aunque esta vez, no se volvió loco. De nuevo, se instauró el fúnebre silencio. ¿Qué podía hacer yo para que se fuera? No lo sabía y aunque me encontraba a salvo por el momento, sentía tanto frío, que necesitaba ocuparme de él, cuanto antes.

Con cuidado, coloqué la escalera dónde la había encontrado. Agarré con fuerza la llave inglesa y miré fijamente la puerta. Entonces, saboreé una inexplicable sensación de fuerza y me sentí embriagado por un valor nuevo y poderoso. Estaba preparado para luchar.

Sin pensármelo, desbloqueé la puerta, apreté los dientes y accioné el pomo. Tras un «click», la puerta empezó a deslizarse hacia mí y, justo antes de soltar el pomo, me desinflé. Lo que ocurrió a continuación, me pareció irreal. El mayor y más bochornoso pedo de toda mi vida, escapó de mi trasero y fui incapaz de contenerlo. Se me fue toda la hombría por el ano. Lo único que acerté a hacer, fue retroceder, antes de ver la asquerosa cara del monstruo. Me encerré en el hueco que dejaba la puerta entre la pared y la estantería.

Completamente avergonzado, vi entrar a ese engendro con su hedor a muerte, hasta acercarse a las estanterías del fondo. Era un tipo enorme, bien vestido, así que debió de trabajar allí, solo que ahora, estaba empapado de sangre de la cabeza a los pies. Él no me había visto todavía, permanecía de espaldas, pero comenzó a girarse. Tenía un agujero enorme en el costado, por el que sobresalían algunos trozos de hueso y una mano de mujer con una alianza.

Sentí que mi estómago se descomponía y rozaba con aspereza, el límite de mi voluntad. Así que antes de poder verle la cara, agarré un rollo del paquete de papel higiénico, que estaba a mi lado, y se lo lancé por delante de las narices, hasta aterrizar en la estantería del fondo. El engendro saltó sobre la estantería, derrumbándola. De la impronta, me agazapé contra la pared y escuché entrar a alguien más. Entonces supe que el tiempo se me agotaba y que debía jugármelo todo a una sola carta.

Con el paquete de papel higiénico todavía bajo el brazo y la herramienta en la mano, saqué las llaves de la cerradura y me deslicé fuera de mi escondrijo. Allí estaban ellos. Tres abominables hombres —o lo que quedaba de ellos— que sólo podían estar muertos y que, sin embargo, estaban de pie, mirándome y alzando sus asquerosas manos hacia mí.

Yo, en mi absoluta ineptitud como ser humano, me bloqueé. Únicamente acerté a gritar como lo haría un niño pequeño. Enajenado en histeria, salí de espaldas y a toda prisa del cuarto de la limpieza. Cerré la puerta y grité.

Grité mientras probaba, de una en una, las llaves en la cerradura. Grité porque no encontraba la buena. Grité al ver que, en el pasillo iban apareciendo, más y más, caras horrendas. Grité cuando encontré la llave correcta y también, cuando la usé.

Grité porque mi esfínter me traicionó y dejó de responderme, cuando casi me vi rodeado. Entonces, me eché a la carrera con la llave inglesa en una mano, el manojo de llaves en la otra y el paquete de papel higiénico bajo el brazo. Mi imagen era la de un auténtico perdedor. No sé qué me hizo correr más, si pensar que estaba a punto de morir o sentir cómo me iba por la pata abajo. Humillante, verdaderamente, humillante.

La cuestión es que, en mi frenesí, seguí gritando por aquel pasillo horrible. Esquivé puertas que se abrían y sentí sobre la nuca, el gélido aliento de la muerte que se acercaba. Corrí y corrí, hasta alcanzar la escalera y luego, salté de tres en tres, los peldaños hasta llegar arriba.

Y entonces, de súbito, dejé de gritar. Alguien me encañonaba con una escopeta.

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Imagen libre de derechos.

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Pilar Ortiz
Amante de las buenas historias, fruto de una imaginación desbordante. Apasionada, descriptiva y muy visual. Sus cualidades sólo son superadas por sus ganas de aprender y perfeccionarse en el arte de la escritura.
Pilar Ortiz

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4 comentarios en “La Niebla (Quinta Parte)

  1. Cada vez me voy enganchando más y más a esta historia.Tan pronto es un relato aterrador como cómico y divertido y eso me encanta, dice mucho de la personalidad y de la inteligencia de la escritora.Enhorabuena!!cada día mejor!!

    1. Bueno Pilar,
      Me alegro muchísimo de que te haya gustado esta parte porque era consciente de que en ella, estaba arriesgando mucho.
      Meter matices de humor en una historia de terror no siempre es bien recibido por el lector.
      …Peeeeero, yo no sé vivir sin humor!!!
      Ya voy preparando la marmita de café para el próximo domingo.
      Te espero!

    1. ¡Hola Mía! ¿Qué tal?
      Veo que aceptaste mi invitación al chocolate caliente ^^.
      Me alegro mucho de que hayas encontrado la humanidad en Ricardo.
      Reconozco que a lo mejor, me he podido pasar un poquitín con el personaje pero dime, ¿quién no ha tenido alguna vez un apretón en el momento más inoportuno?
      Para mí que Ricardo, ya poco puede dar de héroe xDD (pero oye, ¡quién sabe!).
      Te cito para el próximo domingo con más chocolate 😉

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