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La Niebla. La tienda de comestibles

La Niebla (Segunda Parte)

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La tienda de comestibles

El vidrio crujía bajo las suelas de mis zapatos. Mis manos sostenían el bote de laca abierto justo detrás de la llama del mechero y así, con mi lanzallamas rudimentario, me dispuse a explorar la tienda.

Dentro, la niebla se había disipado quedando su gélida y fantasmagórica estela, salpicada con el intermitente parpadeo de un tubo fluorescente, medio arrancado del techo. Avancé unos pasos más, esquivando frascos rotos de espárragos y acelgas, latas de tomate y atún, pan de molde…. lo típico que encuentras en un comercio pequeño. Algunas estanterías estaban volcadas. Había huellas de pisadas y manchas de sangre seca, bañadas en leche y refresco, pero ni rastro de ningún cuerpo.

Me deslicé detrás del mostrador y tras apartar la caja registradora —que estaba en el borde, abierta y vacía— hallé el teléfono descolgado y cubierto de sangre. Me fijé que en un lateral tenía incrustado varios mechones de cabello. Saqué mi pañuelo del bolsillo y con cuidado de no mancharme, sostuve el auricular y fui a marcar el teléfono de la policía. Entonces, caí en la cuenta de que no lo conocía.

Colgué el auricular y me puse a buscar la agenda telefónica, agazapado por el mostrador. Me fui poniendo cada vez más nervioso a medida que no la encontraba entre tantas facturas y papeles de propaganda, desparramados. Me levanté con brusquedad y con tan mala pata, que le asesté un sonoro golpe a la esquina de la caja registradora y la mandé directamente al suelo, con total estrépito. El golpe en la espalda me dolió, pero se me quitó enseguida, en cuanto el corazón dijo de salir corriendo a través de mi boca.

Me agaché donde estaba. Intenté respirar despacio y afinar el oído. Pocos segundos después, justo cuando creí que podía relajarme, empecé a escuchar un murmullo pesado y lento —como un arrastrar de pies— procedente del interior del establecimiento.

Al principio, fui incapaz de localizar el foco del sonido. Con cautela, asomé la cabeza por encima del mostrado para echar un ojo. Nada parecía moverse a mi alrededor. Entonces, un golpe seco en la puerta de la trastienda, hizo que me agachase de nuevo. Alguien estaba al otro lado. Escuché cómo unas uñas arañaban la puerta y después, una voz distorsionada balbuceaba algo que no podía comprender.

No estaba seguro de si lo que estaba allí, sería un ser humano o una de aquellas cosas. Por cautela, decidí no averiguarlo. Seguí buscando la guía de teléfonos con mucho más cuidado mientras lo que fuera que estuviera al otro lado de la puerta, seguía con su jerga ininteligible.

Cuando al fin la encontré, busqué desesperadamente el teléfono en ella y en el momento en el que descolgué el auricular y me dispuse a marcar, fui plenamente consciente del inmenso silencio que me rodeaba. Levanté la vista despacio, alerta. Miré la madera del mostrador que tenía frente a los ojos y lentamente, me giré.

Nada, nadie. Me quedé un rato mirando al vacío esperando que, de un momento a otro, una de esas cosas saltase sobre el mostrador, pero no sucedió nada. Me volví hacia el teléfono y marqué. Me acerqué el auricular a la oreja sin posarlo y para mi desesperación, descubrí que no había señal.

Con la otra mano desnuda, pulsé repetidamente el interruptor del cuelgue, pero seguía sin encontrar señal. Giré el aparato y tiré del cable con suavidad. Se atascaba así que lo seguí por el zócalo hasta salir del resguardo del mostrador. Para mi decepción, el cable seguía dentro de la trastienda.

—Mierda —susurré.

Como un puñado de arena fina, a pocos metros de mí, algunas lentejas se deslizaron fuera de un saco, disgregándose por el suelo. Levanté la vista y vi la figura erguida de una mujer que estaba de espaldas. Me quedé helado. La mujer no se movió ni un ápice. Me pregunté si era posible que ya estuviera aquí cuando yo entré. Inmediatamente deseché esa opción, no había visto a nadie. Seguramente vino atraída por el estruendo de la caja registradora al caerse y se quedó ahí, a la espera de nuevos estímulos. Mientras tanto yo, temí moverme.

Me planteé escabullirme hacia la salida y desaparecer, pero si lo hacía, ya no podría pedir ayuda. Así que me quedé. Saqué del bolsillo del abrigo, el bote de laca abierto. Sabía que debía ser rápido o esa criatura avisaría al resto con uno de esos aullidos, pero primero, debía de asegurarme de que esa mujer era una de ellos.

Cogí una patata que estaba en el suelo y se la lancé. La patata se estrelló en mitad de su espalda. La mujer tuvo un espasmo, como si hubiese recibido una descarga eléctrica, y se giró con violencia. Tenía el rostro arrancado, el tórax abierto y por manos, un par de muñones. Volví a sentir ese mareo y ganas de vomitar, pero me lo tragué. Aquella cosa iba a empezar a aullar y tenía que impedirlo.

Como un rayo, saqué mi querido mechero y lo encendí justo delante del bote de laca. Me levanté y fui hasta ella. Pulsé el difusor y su asquerosa cara ardió, pero aquello no fue suficiente. Esa cosa se lanzó hacia mí en silencio.

Le di una fuerte patada y se cayó de espaldas. Las estanterías empezaron a arder a su alrededor y casi lo hago yo también —tuve suerte de que, por manos, ella tuviera un par de muñones—. La mujer no gritaba, no sentía dolor. Busqué cualquier cosa con la que pudiera defenderme y me vi lanzándole de todo: paquetes de compresas, latas de conservas, cartones de vino…

Sin darme cuenta, retrocedí hasta la puerta del almacén y cuando vi que ella volvía a estar en pie, la abrí sin pensarlo. Un hombre obeso, con una herida en la mano izquierda y una bolsa de basura en la cabeza, apareció inmóvil. Retrocedí y él avanzó hacia mí, pero antes de que pudiera alcanzarme, ella tiró unas latas al moverse y él corrió hacia ella, empotrándola contra las estanterías que cayeron sobre ellos. Entonces vi mi oportunidad.

Volví tras el mostrador y cogí el teléfono y la agenda. Corrí de vuelta hacia el almacén y antes de entrar, contemplé horrorizado que el hombre había mordido a la mujer a través de la bolsa y le había hecho un agujero enorme en la garganta. Ella tampoco había gritado ni se había defendido. Estaba de pie, caminando hacia mí mientras el hombre se levantaba muy lentamente.

No me lo pensé ni un segundo y cuando la mujer en llamas estuvo a mi alcance, le reventé la cabeza a golpes con la base del teléfono. Me quemé el brazo mientras lo hacía, pero no paré. La golpeé como un loco hasta que ella no volvió a moverse.

Alcé la cabeza y vi al hombre seboso en pie, a un metro de mí. Su bolsa tenía ahora, un agujero por donde se le podía ver la boca y, sosteniendo entre los dientes todavía colgaba un trozo de carne oscura. Él estaba allí, quieto. Se había puesto en pie y caminado hacia la fuente del ruido. Entonces, comprendí.

Agarré un bote de desodorante y lo lancé al otro extremo de la tienda. Inmediatamente después, la criatura se movió con pasos largos hacia donde había caído mientras que yo, aproveché para colarme en el almacén y cerrar la puerta con mucho cuidado.

Al otro lado de la puerta, la oscuridad me engulló. Afiné el oído antes de hacer ningún movimiento. No escuché nada, el encapuchado no me había seguido. Me di la vuelta y prendí el mechero.

Una escalera descendía hacia el sótano. A mi derecha había un viejo interruptor que no estaba seguro de querer pulsar. En el zócalo, el cable del teléfono había sido arrancado del cajetín. Previsible, teniendo en cuenta que no había sido el único en usar el teléfono como maza. Me acaché para examinarlo. Creí que podía hacer un apaño si encontraba unos alicates. Miré hacia las escaleras. Oscuridad.

Por lo que acababa de vivir, aquellos monstruos no sentían dolor, por lo que mi lanzallamas casero era totalmente inútil contra ellos. Además, era evidente que se servían de la vista y del oído para atacar y que entre ellos se respetaban —por eso la mujer no se defendió cuando el encapuchado se le echó encima y éste a su vez, la dejó en paz en cuanto la mordió—. Por consiguiente, imaginé que tampoco habían perdido el sentido del gusto. Reflexioné al respecto y el siguiente paso no me gustó en absoluto: debía bajar ahí abajo y asegurarme de que no había nadie más. Pero, ¿debía encender el interruptor?

Si iluminaba el sótano y alguno de ellos seguía ahí abajo, seguramente empezaría a moverse. Si bajaba con mi mechero y daba la casualidad de esa criatura estuviese de espaldas a la escalera, posiblemente no me vería, aunque, por mi parte, tendría que acercarme mucho a él o a ella, para verle yo. Por otro lado, si quien estuviese ahí abajo pudiera ver la escalera, me vería mucho antes de que yo pudiera verle a él o a ella.

Mientras reflexionaba, el humo empezó a filtrarse lentamente por debajo de la puerta y comenzó a hacer calor. Me lamenté de haberme metido en la trastienda. Si el sótano no tenía salida, posiblemente aquél lugar sería mi tumba. Tenía que tomar una decisión de inmediato.

Dejé el teléfono tras la puerta y con cautela, inicié el descenso con mi pobre iluminaria. Me sentía indefenso sin mi martillo improvisado, pero no creí que el cable fuera lo suficientemente largo. Pronto alcancé el sótano. Una vez más, me quedé inmóvil y agudicé el oído. No escuché nada. El sótano era pequeño y tenía estanterías a ambos lados. No vi nada por el suelo así que, aparentemente, todo estaba en orden. Intuí que la pelea no había atravesado la puerta. Probablemente, el hombre que estaba arriba con una bolsa en la cabeza, sería el dueño del local que debió de esconderse en el sótano tras ser herido, pero ¿quién le puso la bolsa en la cabeza y por qué?

Inicié un reconocimiento de la zona, a decir verdad, muy asustado. La oscuridad del sótano me hacía imaginar que en cualquier esquina me estaría esperando uno de aquellos asesinos. Luché contra mí mismo para no subir corriendo por las escaleras y accionar el interruptor. Respiré hondo y proseguí.

Al pie de una de las estanterías tropecé con una caja de herramientas. Sobresaltado, me agaché de inmediato, la abrí y rebusqué en ella hasta dar con un martillo que alcé a la espera de ser sorprendido por uno de ellos, pero nadie vino.

Aliviado, solté el aire que había aprisionado en mis pulmones y aproveché para buscar unos alicates. Con ellos en mi poder, volví sobre mis pasos y subí deprisa por las escaleras, con ese miedo infantil de ser perseguido por un monstruo que está a punto de atraparte. Ya arriba, accioné el interruptor. La luz del tubo fluorescente comenzó a parpadear y en su ir y venir, contemplé estupefacto que, al pie de la escalera, un niño me estaba mirando.

—Oh, Dios mío, ¿por qué un niño? — me dije.

Sostuve el martillo con fuerza, esperando que aquel niño empezase a aullar o se lanzase corriendo escaleras arriba, pero no se movió. Cuando la luz se estabilizó al fin y pude ver con claridad al chiquillo, me di cuenta de que era un superviviente.

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Pilar Ortiz
Amante de las buenas historias, fruto de una imaginación desbordante. Apasionada, descriptiva y muy visual. Sus cualidades sólo son superadas por sus ganas de aprender y perfeccionarse en el arte de la escritura.
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2 comentarios en “La Niebla (Segunda Parte)

  1. La primera parte fue muy buena, pero esta parte la supera,con más misterio,más intriga y más terror psicológico, me encanta el detalle de la laca y el mechero, me parece muy divertido. Muchas gracias Pilar y vuelvo a darte la enhorabuena

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