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la niebla (séptima parte)

La Niebla (Séptima Parte)

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El plan

La tercera y última planta del ayuntamiento, había sido cerrada por reformas, varias semanas antes del inicio de la pesadilla. Rosa, don Rodrigo y Francisco, llevaban cuatro días refugiados en el ala oeste de la segunda planta. Para protegerse, habían sellado los accesos al resto del edificio. Todavía continuaban usando el teléfono del despacho del alcalde, para pedir socorro a las fuerzas de seguridad, pero ya en el segundo día de encierro, dejaron de contestar a la llamada incluso, desde Madrid. Los tres supervivientes siguieron llamando al resto de localidades y aquellas que respondieron y prometieron auxiliarles, nunca llegaron.

Desolados y a la espera de ser rescatados en los próximos días, resolvieron conseguir alimento. Para ello, fabricaron una rudimentaria trampa con la que cazar pequeñas aves, sirviéndose de la estructura de unas papeleras metálicas y de los alambres que aseguraban los mástiles de las banderas al exterior de la fachada. Con la ayuda de un mendrugo de pan que Francisco había arrojado a su papelera, consiguieron atraer algunas palomas.

Al menos tuvieron algo que desplumar, asar en la chimenea y llevarse a la boca. Sin embargo, era un bocado ligero y no muy sabroso, que tampoco quitaba, del todo, el hambre. Ahora, tenían un miembro más en la compañía y se hacía urgente, conseguir más alimento.

Era cerca del mediodía, la niebla se había suavizado un poco, pero todavía vagabundeaba por las calles impidiendo la visibilidad desde el refugio.

—No sabemos cuántos hay ahí fuera —se lamentó Francisco.

—Tenéis armas, ¿por qué no las habéis utilizado para escapar de aquí hacia un lugar seguro? —preguntó Ricardo.

—¿Y qué lugar ese ese? Si puede saberse —replicó Francisco.

—No lo sé, pero habéis estado llamando y os han cogido el teléfono.

—Al principio sí, ahora nadie responde —se lamentó don Rodrigo—. Es posible que esto haya ocurrido en otros lugares. Puede que ya no quede nadie a quien acudir. —Se estremeció—. Si es un castigo de nuestro Señor, no hallaremos escapatoria, vayamos a donde vayamos.

—No sé lo que es esto, pero desde luego, aquí no nos podemos quedar esperando a que nos rescaten mientras nos morimos de hambre —argumentó Ricardo. Hizo una pausa y después, continuó—. Y desde luego, no creo que haya pasado en todas partes. Conseguí hablar con mi familia antes, desde el recibidor —confesó—. Les pedí que llamaran a la policía, pero para mi sorpresa, ellos también tenían problemas allí. —Ricardo se tapó la boca con gesto de preocupación y después habló—. Tengo que ir a buscarles. —Hizo una pausa y añadió—. ¿Puedo llamarles?

El grupo asintió, Ricardo se acercó al escritorio, descolgó el auricular y marcó el número. Tras varios tonos que parecieron interminables, colgó.

—Puede que esté que en el cuarto de baño —murmuró.

—Siento ser yo quien te lo diga, amigo —dijo Francisco—, pero lo más probable es que no hayan sobrevivido.

—¡Me niego a pensar eso! —Se sobresaltó—. Además, ¿a ti qué te pasa? ¿Acaso no tienes familia?

—Tú has caminado por este pueblo. Salvo ese niño del que nos has hablado y que se ha perdido, todos están muertos. No —su voz sonaba oscura y amortajada—, no albergo esperanzas de volver a ver a nadie.

—Pero yo estoy vivo y me estás viendo. —Ricardo lo miraba con fuego en los ojos.

—Está bien —admitió—, ¿hacia dónde deberíamos ir?

—Yo regresaré a casa —contestó—, tú puedes quedarte aquí a comer palomas, si quieres.

—Madrid puede ser, en estos momentos, una ratonera —intervino don Francisco—. Yo, ya no soy joven para escapar a la carrera. No iré. Moriré de hambre aquí si así, lo ha designado Dios.

—No creo que Dios nos haya salvado de morir en una guerra para abandonarnos ahora —intervino Rosa, que había permanecido callada durante toda la conversación—. Tengo un plan.

Rosa quería acceder a la tercera planta. Llevaba tiempo con esa idea en la cabeza. Pensaba que las herramientas de los obreros les serían útiles para defenderse y para hacer su día a día, más fácil. Estaba de acuerdo en no abandonar el pueblo. Si ya les resultaba difícil defender unos cuantos metros cuadrados frente a un puñado de muertos vivientes, no quería imaginarse lo que debía ser recorrer varios kilómetros para adentrarse en una enorme ciudad que, posiblemente, también se encontraría devastada por el desastre. Nadie, en Madrid, contestaba a sus llamadas desde el segundo día.

Rosa también quería conquistar la azotea. Estratégicamente, les daba una mayor visibilidad del terreno y permitía, además, dejar un mensaje que pudiera ser visto desde el aire. También era un espacio ideal para colocar nuevas y mejores trampas para aves —que, con ayuda de las herramientas y los materiales del tercer piso, podrían fabricar—, y lo más importante, ofrecía una vía de escape. Rosa pensó que desplazarse a través de los tejados sería más seguro que hacerlo por la calle. De esta manera podrían abastecerse y Ricardo, a su vez, podría iniciar su viaje de regreso a casa.

Teniendo en cuenta que la niebla había tomado cariño a la localidad en los últimos días, descolgarse por el balcón y adentrarse en la nada blanca, no era una opción.

Sin embargo, primero tenían que despejar la tercera planta.

—Disparar es un riesgo que no debemos correr —anunció la mujer—. Tendremos que fabricar armas con lo que encontremos aquí.

—¿Qué más da lo que fabriquemos si ellos no mueren? —preguntó Francisco, resentido.

—No mueren porque ya están muertos, pero recuerda que, si les destrozamos la cabeza, no se levantarán —respondió, resueltamente, la mujer—. Imagino que les pasará lo mismo si se la cortamos. —Una sonrisa fugaz se dibujó en su rostro—. Es hora de ser creativos.

El grupo se puso manos a la obra. Con un abrecartas, desmontaron algunos muebles y con la ayuda del fuego, fabricaron con ellos lanzas y estacas. También, un par de tirachinas con los elásticos del respaldo del asiento del alcalde y afilaron bien todos los lápices, para usarlos de proyectiles. Se fabricaron pequeños escudos con las puertecitas de los armarios y armaduras a base de revistas, perióticos y cinta adhesiva.

Eran las seis de la tarde cuando habían acabado. La niebla persistía y el sol empezaba a ocultarse. Ese día no hubo nada que llevarse a la boca y los nervios andaban algo crispados.

—Deberíamos ir ya, ¿para qué esperar? —dijo Ricardo.

—Me encanta tu entusiasmo, pero yo estoy agotado —contestó don Rodrigo.

—Usted no va a venir —le aseguró.

—¿Cómo?

—Tiene razón —intervino Rosa—. Necesito que te quedes aquí y protejas este lugar. Además, alguien tiene que seguir llamando por teléfono.

—Entiendo. —Don Rodrigo meditó unos segundos y luego añadió—. Soy un lastre.

—No, don Rodrigo, no se ofenda —intervino Francisco.

—No, no, lo entiendo —le cortó éste—. Tendréis que pelear y correr, necesitáis un equipo fuerte. Yo sólo sería un estorbo. —Hizo una pausa y añadió—. Cuidaré de este lugar y llamaré hasta que alguien me coja el teléfono, aquí o en la Conchinchina.

—¡Estupendo! —Rosa abrazó al anciano—. Ahora, debo decir que yo también estoy algo cansada. —Bostezó—. Exploraremos mañana.

—¡Mi familia no puede seguir esperando! —exclamó Ricardo.

—¿Y qué adelantarás si te matan? No estamos seguros de que esa planta tenga luz, te recuerdo que está en obras. Tampoco sabemos cuántos habrá ahí arriba.

—¡Esto es una mierda!

—Así es, pero no hay otra. Iremos al amanecer —sentenció la mujer. Tras una pausa añadió—. Si no estás conforme, te invito a coger las banderas y a que te fabriques una cuerda, pero te aseguro que no llegarás a ver la luz de un nuevo día.

Ricardo sabía que tenía razón. No debía tentar a la suerte por segunda vez.

Pronto, la oscuridad engulló el pueblo y lo impregnó de su beso helado. Fuera, el silencio era inmenso y absoluto. Parecía que nada ocurría fuera de aquellas paredes.

—¿Se habrán ido? —preguntó Ricardo mirando a través de la ventana.

—Las voces se apagaron hace un par de días —dijo don Rodrigo con pesadumbre—. Los que gritan son los hombres cuando van a morir. En cambio, los cadáveres sólo aúllan cuando nos encuentran. Mientras tanto, están como “apagados”. Me imagino que allá abajo estarán caminando, aunque los de la sala de juntas, parece que sólo se mueven cuando haces ruido. —Don Rodrigo apoyó la mano en el hombro del hombre y le dijo—. Sé que es difícil, pero intenta descansar. Encontrarás a tu familia.

Fuera, había comenzado a nevar. Como cada noche, se habían repartido las horas de vigilancia. Ahora, con un miembro más en el equipo, el tiempo de descanso se había dilatado.

Sin embargo, poco a poco, el cansancio fue ganando terreno y, uno a uno, los cuatro supervivientes fueron cayendo en un inquieto y perturbador sueño.

Horas después, el viento hizo que algunas tejas sueltas fueran a parar contra las ventanas del tercer piso y de la escalera. El estrépito de los cristales rotos, despertó a los “caminantes”, que, aletargados, empezaron a vagar.

Al otro lado de la pila de muebles y sentado en una silla, Ricardo, con la escopeta a un lado, se había quedado dormido durante su turno de guardia. Ninguno de ellos lo sabía, pero guiados por sus ronquidos, unas manos repletas de inmundicia, empezaron a escarbar entre el montón de muebles apilados.

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Pilar Ortiz
Amante de las buenas historias, fruto de una imaginación desbordante. Apasionada, descriptiva y muy visual. Sus cualidades sólo son superadas por sus ganas de aprender y perfeccionarse en el arte de la escritura.
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2 comentarios en “La Niebla (Séptima Parte)

  1. Lo que más me ha gustado de esta parte es la valentía de Rosa, y el detalle de las palomas me ha parecido muy divertido al igual de lo ingenioso q resulta la manera de preparar sus armas,escudos y municiones.Una vez más mi enhorabuena!!.

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