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La niebla sexta parte

La Niebla (Sexta Parte)

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Agallas

—¡Dios, qué asco! ¡Apártese de ahí, inmediatamente! —ordenó con firmeza la mujer que sostenía el arma.

Tardé un segundo en reaccionar, pero los gemidos que subían por la escalera, me hicieron salir del asombro. Sin decir nada, acaté la orden y me aparté a un lado.

Un anciano encorvado salió de detrás de la mujer y corrió a arrastrar los muebles hacia la escalera. Otro hombre de mediana edad, hizo lo mismo. Entonces me di cuenta de que esas personas me estaban auxiliando.

Un motón de muebles bloqueaban la escalera, pero ellos habían apartado los suficientes, para que yo pudiera pasar. Ahora, los dos hombres volvían a apiñar muebles, tratando de taponar el acceso. Sin duda, debieron de escuchar mis gritos.

Volví a observar a la mujer. Ella tenía la mirada fija en la apertura. Su expresión era de absoluta severidad.

—No se quede ahí parado, ¡ayúdeles! —me ordenó de nuevo.

—¿Sabe usted disparar? —Pregunté asombrado.

—¡Ahora! —me gritó.

Asentí, dejé los bártulos en el suelo y empujé una estantería hacia la apertura. En ese momento, una fría mano me agarró de la camisa y contemplé horrorizado, cómo una hedionda y pútrida boca, cuyos dientes amarillos sobresaltaban sobre el paladar negro, se abalanzaba hacia mi cara.

Me eché para atrás, pero no podía quitármelo de encima. Hilos de pastosas babas se columpiaban hacia mi rostro. Forcejeé y grité, cuando sentía que perdía la batalla. Entonces, mi voz fue sesgada por el sordo sonido de un disparo. Instantes después, noté el peso muerto del cuerpo inerte, sobre mí.

Cuando abrí los ojos me encontré cubierto de sesos y sangre negra. El monstruo había recibido un disparo a bocajarro de una escopeta de doble cañón. Al fin, los hombres acabaron de taponar la apertura y la mujer se acercó a mí, con su mirada severa.

—Levántese. No debió hacerme disparar, ahora vendrán más. —Empujé el cadáver a un lado y me levanté con náuseas —. Coja sus cosas —continuó la mujer—, le diremos dónde puede lavarse. —Hice el amago de hablar pero ella me interrumpió diciendo— Con el debido respeto señor, no hablaremos ahora. Apesta usted a mierda.

—Gracias —susurré. Recogí mis bártulos y los seguí pero no podía guardarme mis preguntas así que insistí —. ¿Quiénes son ustedes y dónde aprendió a disparar así? Porque tiene usted buena puntería, su cabeza estaba junto a la mía y si se hubiera equivocado….

—Óigame bien —, la mujer se giró de golpe y aseveró, todavía más, el tono de voz—. Usted nos ha traído muchos problemas y como no haga lo que se le dice, le aseguro que la próxima vez, el disparo no irá para el muerto viviente. ¿Ha quedado claro? —Miré de reojo a los dos hombres, que asentían a espaldas de la mujer y les imité. Luego ella añadió —. Vaya con don Rodrigo, él le dirá dónde lavarse. —El anciano me hizo un gesto para que fuera con él. Tras una leve pausa, la mujer añadió—. Por cierto, ha sido un acierto que haya traído con usted el papel higiénico. No nos quedaba mucho. Por casualidad, ¿no habrá traído también, comida? —Negué con la cabeza—. Me lo temía. Bien, le veremos después y nos contará quién es usted y qué ha venido a hacer aquí.

El anciano me condujo hasta los aseos, donde habían colocado una palangana enorme, un camping gas y una cacerola. Don Rodrigo me entregó una pastilla de jabón lagarto y me prometió regresar con unos pantalones limpios. El anciano no quiso hablar mucho tiempo conmigo y le entendí. Cuando me miré en el espejo, fui consciente del asco que daba. Tenía sangre seca por todas partes y tozos de sesos en el pelo además de lo que ya traía yo bajo mis pantalones… Nunca antes, agradecí tanto un baño caliente y jabón.

Cuando apareció don Rodrigo con unos pantalones, una camisa y un jersey, bajo el brazo, me nacían solas las palabras de agradecimiento. Desconocía de dónde había sacado la ropa, pero por su expresión, intuí que era mejor no averiguarlo.

Minutos más tarde, fui conducido hacia el despacho del alcalde, dónde me reuní con las personas que había visto antes. Al parecer, se habían asentado allí.

El despacho era una estancia amplia con ventanas al exterior y chimenea, junto a la cual, habían apilado una extensa colección de libros. Además del enorme escritorio —dónde descansaba el teléfono—, había dos sofás y una pila de abrigos que intuí, debían de usar para cubrirse por la noche.

Cuando llegué, me recibieron con mayor calidez que durante nuestro primer encuentro, aunque todavía me sentía bastante avergonzado. Lo cierto es que estaban deseosos de saber quién era yo, así que les conté mi historia, haciendo especial hincapié en lo terrible que fue para mí, la huida del chiquillo.

Los tres individuos eran trabajadores del ayuntamiento. El hombre de mediana edad se llamaba Francisco y era el concejal de urbanismo. El hombre mayor, don Rodrigo, era el hombre de mantenimiento. Se alegró muchísimo de que le devolviera las llaves que encontré en el cuartucho de la limpieza, ya que abrían todas las puertas del edificio. En cuanto a Rosa, la mujer de la escopeta, era la limpiadora. Ella había luchado en el bando republicano durante la guerra y estuvo recluida en la cárcel de Ventas de Madrid. También fue condenada a muerte por «garrote vil» pero se le «perdonó» gracias a su fama de curandera y a sus conocimientos sobre hierbas, que trataron la migraña crónica, de un general del ejército. Es por esta razón, que Rosa, trabajaba en el ayuntamiento y todos los días debía personarse en los juzgados para dar parte de asistencia y evitar así, ser perseguida por prófuga.

Rosa sabía de primera mano lo que era ser el eslabón más débil y lo difícil que era, ganarse el respeto de los hombres, en una sociedad machista. Ella carecía de familia, sus padres y hermanos perecieron durante la guerra y nunca se casó, por lo que tampoco tenía hijos.

Cuando todo estalló, cuatro días atrás, Rosa estaba limpiando los despachos de la planta superior y, ante el alboroto y los gritos, fue la única que supo reaccionar y que le echó agallas al asunto.

Sin pensárselo, se apoderó de las armas que la colección privada del alcalde, las cuales estaban ubicadas en el despacho, dentro del armario cerrado con llave. Con el abrecartas de plata, Rosa forzó la cerradura y se hizo con ellas. Don Rodrigo, que sentía cierto amor paternal hacia ella y que confiaba, ciegamente, en la fuerza y destreza de la mujer, se quedó a su lado. Francisco también lo hizo, en cuanto ella, gracias a su puntería, le salvó la vida al pie de la escalera.

Rosa se dio cuenta de que era imposible escapar y de que la planta inferior, estaba repleta de personas encolerizadas que parecían estar poseídas por el diablo. Esas personas no atendían a razones. No hablaban, no tenían miedo de los disparos y lo peor de todo, es que volvían a levantarse cuando recibían uno.  La mujer ordenó entonces, taponar la escalera mientras ella, les cubría con la escopeta.

Al principio, hubo más supervivientes, ya que dejaron pasar a aquellos que habían sido atacados y que presentaban heridas de mordedura. Sin embargo, Rosa no se fiaba de ellos. Cuando era pequeña, vio como un vecino se transformó en un hombre agresivo tras ser mordido por un zorro rabioso. Días después, este hombre enfermó y murió.

Rosa vigiló de cerca a las personas heridas, ya que fue la encargada de curarlas mientras don Rodrigo y Francisco, reforzaban la barricada y trataban de contactar con las fuerzas de seguridad. Con el paso de las horas, Rosa advirtió que las hemorragias no se cortaban y que la sangre, se iba oscureciendo a la par que su olor, se volvía más fuerte y pegajoso. También, observó que las heridas derivaban con rapidez hacia la gangrena y que el ánimo de los heridos también se vio alterado. Sentían muchísimo dolor y eran más irascibles.

Rosa reunió a las únicas personas ilesas que estaban con ella: don Rodrigo y Francisco. La mujer estaba convencida de que era cuestión de horas que los heridos, se volvieran como sus atacantes y sugirió, encerrarles a todos en una habitación.

Era una decisión difícil e inhumana. Los tres sabían que esas personas estaban muriendo a causa de las hemorragias. Sabían que encerrarlas en una habitación, sería sentenciarlas a muerte.

Por otro lado, temían que Rosa tuviera razón.

A través de la ventana de la alcaldía, vieron desarrollarse la pesadilla. La encarnizada batalla discurrió por las calles parando el tráfico e invadiendo los hogares. La gente saltaba por los balcones, gritaban desde las ventanas e intentaban trepar por los vehículos.

Los alaridos y las llamadas de auxilio, deshacían el alma. Vieron llegar a la policía y a la guardia civil y cómo éstos, trataron inútilmente de defenderse, disparando indiscriminadamente, contra la población.

Sin embargo, los abatidos volvían a ponerse en pie y muy pronto, fueron devorados por una horda de gente que debía estar muerta. No había piedad en ese mundo caótico, que acababa de despertarse. El infierno había despertado.

Un grito los abstrajo entonces, de la impotente contemplación. Uno de los heridos acababa de morir. Los tres ilesos compartieron una mirada cómplice. La decisión había sido tomada.

Rosa se marchó al despacho del alcalde mientras don Rodrigo y Francisco, les pedían a los heridos que los siguieran a la sala de juntas. La mayoría de ellos se pusieron nerviosos. Exigían que tirasen el cadáver por la ventana. Don Rodrigo argumentó estar muy mayor para cargar peso, así que Francisco, solicitó ayuda a los heridos.

Sin embargo, ellos se negaron. Querían que la ayuda procediera de Rosa. La mujer apareció entonces, con expresión de pocos amigos y una pistola pequeña en la mano y, ni corta ni perezosa, les obligó a cargar con el cadáver a la sala de juntas, dónde los encerró con él.

Por supuesto, hubo resistencia y Rosa apretó el gatillo. Le disparó en el brazo a la persona más agresiva que se le encaró. La mayoría gritó, otros se tiraron al suelo mientras que algunos, se abalanzaron sobre la mujer y fue a ellos, a los que Rosa, sin ni siquiera pestañear, les disparó en la cabeza.

Rosa no era una mujer que se amilanaba con facilidad. Ella era una excombatiente, pero, ante todo, era una superviviente.

—¿Y qué les pasó a los heridos? —pregunté.

Rosa me acompañó hasta la puerta de la sala de juntas. La habían atrancado con muebles.

—Todos murieron —contestó. Tras una pausa, añadió —Sin embargo…

Rosa golpeó tres veces la madera e instantes después, el silencio fue quebrado por sucesivos golpes y aullidos, al otro lado de la puerta.

—Cuando nos atacaron —prosiguió mientras nos alejábamos—, me di cuenta de que esas personas estaban muertas. Cuando perdimos al primer herido, lo entendí. —Rosa se paró, me miró a los ojos y, conteniendo las lágrimas, exclamó—. ¡Los muertos se han levantado de sus tumbas y no pararán hasta matarnos a todos!

—¿Cree usted que es un castigo de Dios?

—No, creo que esto es obra del Diablo.

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Pilar Ortiz
Amante de las buenas historias, fruto de una imaginación desbordante. Apasionada, descriptiva y muy visual. Sus cualidades sólo son superadas por sus ganas de aprender y perfeccionarse en el arte de la escritura.
Pilar Ortiz

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2 comentarios en “La Niebla (Sexta Parte)

  1. Esto se pone muy interesanteeeeee!!Me encanta el personaje de la limpiadora,me gusta ese tipo de mujeres guerreras.Queria volver a darte la enhorabuena, pero sobretodo agradecerte el esfuerzo que haces, para escribir cada semana esta «locura» de relato.Porque cuando leo lo q escribes me meto en la historia y olvido todo lo q malo q nos está pasando.Gracias!!

    1. Gracias a ti por pasar cada semana, leer y encima, comentar.
      Es fácil escribir cuando personas tan bonitas como tú, te están esperando.
      Los papeles de mujeres guerreras son imprescindibles, porque así es como somos.
      Me llena de felicidad que mi relato te aporte bienestar.
      Mañana más y mejor, siempre.

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