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La Niebla Tercera Parte

La Niebla (Tercera Parte)

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Javi

—Gracias a Dios —dije aliviado, bajando el martillo—. Chico, ¿estás bien?

—¿Quién es usted? ¿Dónde está mi padre?

—Me, me llamo Ricardo Gutiérrez, ¿quién es tu padre? —El chico se me quedó mirando desconfiado, sin decir nada—. ¿Cómo te llamas?

—Javi. ¿Eres policía?

—No, pero voy a llamarles. Ven, sólo tengo que arreglar el cable. —El niño seguía sin querer subir las escaleras. Miraba a su alrededor y se frotaba las manos —Ven, no te haré daño.

—Pero mi padre…

—¿Era ese hombre con la bolsa en la cabeza? —El niño asintió—. Lo siento… No tengas miedo, está arriba. ¿Tú estás bien?

El niño asintió y empezó a subir lentamente los escalones. Era menudo y pequeño. Debía de tener alrededor de nueve años. Estaba despeinado y llevaba puesto el uniforme escolar. Además, se había cubierto los hombros con unos harapos que tenían pinta de llevar ahí abajo mucho tiempo. Su rostro reflejaba cansancio y miedo. No quería imaginar por lo que había pasado, pero me alegré, sinceramente, de encontrar a alguien con vida.

Me agaché para comenzar a pelar el cable. Hacía calor, el incendio se estaba extendiendo y respirar, empezaba a ser difícil. Me quité el abrigo no sin antes guardar en el bolsillo del pantalón el mechero. Entonces, se lo ofrecí al chico diciendo:

—No creo que eso que llevas encima te abrigue demasiado. Toma, ponte esto. —El niño dejó caer aquellos trapos sucios y se metió bajo el abrigo, sin dudarlo. Estaba helado y no me extrañó. El sótano era una nevera

>>Llamaremos a la policía —le dije— y ellos vendrán a ayudarnos. Todo se arreglará. —le sonreí. Tras una breve pausa, continué—. ¿Llevas mucho tiempo aquí abajo? —No sabía muy bien cómo abordar el tema, pero aquél chiquillo me despertaba una inmensa pena. El niño asintió, así que continué —. ¿Fuiste tú quien le puso la bolsa en la cabeza? —El niño asintió de nuevo—. ¿Te ha hecho daño? —El niño negó—. ¿Dónde te has escondido para que no te encuentre?

—En el baño —respondió—. Mi padre me metió en él cuando la gente se volvió loca. Me dijo que no saliera, pasara o que pasara. —El niño hizo una pausa y continuó entre sollozos—. Pero tuve que salir. Tenía hambre.

—Dios mío. ¿Cuántos días llevas en el baño?

—Cuatro.

—¡Santo cielo! —exclamé.

—¿Por qué hay tanto humo? —El niño alzó la mano y se acercó a la puerta.

—¡No abras la puerta! —le dije, agarrándole el brazo—. Fuera hay fuego, si la abres, habrá una explosión.

—¡¿Fuego?! Pero mi padre está… ellos están… —El niño empezó a palidecer por momentos—. ¡¡¡Vendrán todos!!! —exclamó y echó a correr escaleras abajo.

—¡Espera, no! —grité.

Acababa de terminar de empalmar los cables. El humo me asfixiaba, pero no podía ir detrás de él sin usar el teléfono. La puerta pronto ardería.

Marqué el número indicado en la guía. Comunicaba. Colgué.

Busqué entonces, el de la guardia civil y mientras daba la llamada, escuché como al otro lado de la puerta, la madera crujía y parecía que el techo comenzaba a desplomarse. De repente, escuché aullidos. ¿Era posible que aquellas criaturas estuvieran dentro del incendio?

Alguien descolgó el auricular.

—¡Oiga, oiga! —dije. Un golpe seco en la puerta, seguido de unos arañazos, me sacudieron. Al empujarla con mis manos para evitar que nadie la traspasara, me quemé. Debía ser rápido —. ¿Hay alguien? —Los aullidos y golpes tras la puerta, aumentaron. No aguantaría mucho más—. Llamo desde Colmenar Viejo. ¡Necesitamos ayuda! La gente se ha vuelto loca y se están matando los unos a los otros por todas partes. Por favor, ¡envíen ayuda!

La puerta crujió tras de mí. Tiré el teléfono a un lado, cogí el martillo y corrí escaleras abajo en el momento en el que una mano carbonizada y humeante, atravesaba la madera.

—¿Javi? ¿Javi? —llamé.

No veía al chiquillo, se había filtrado bastante humo en el sótano y la luz del techo, comenzó a parpadear de nuevo. Entonces di con la puerta del baño. No se abría.

—¡Si estás ahí, apártate de la puerta! —grité.

En ese momento, una llamarada de fuego entró escaleras abajo arrastrando consigo, tres cuerpos en llamas. La explosión me dejó sordo por momentos, pero fue motivación más que suficiente, para ponerme en pie y abrir la puerta del baño de una sola patada.

El niño no estaba.

Cerré la puerta tras de mí y la atranqué con las baldas de una estantería desmontaba que encontré detrás del lavabo. A un metro sobre el retrete, había una pequeña ventana abierta y varias huellas de pies pequeños, que indicaban que Javi, había huido por ahí.

Por una parte, me sentí aliviado por no haber dejado al crío encerrado con los asesinos y por otra, me aterraba la idea de que estuviese solo, perdido en la niebla junto con un montón de bestias inmundas que venían hacia aquí. Debía encontrarle.

Me puse de pie sobre el retrete y me asomé. Había amanecido hacía rato, pero la niebla seguía siendo impenetrable. La pequeña tienda estaba ardiendo y mi vida también corría peligro. Si el niño estaba en lo cierto, pronto los hambrientos acudirían al incendio.

La luz se apagó y me quedé a oscuras. Fuera, la niebla reflejaba el rojo intenso de las llamas. Encendí mi mechero e inspeccioné el baño. El niño había traído comida, cajas de cartón que debió de usar como lecho y un cuchillo enorme, que empleé a modo de cincel, para arrancar el marco de la ventana y poder escapar al fin.

Hacía un frío horrible para atravesar la niebla en mangas de camisa. De la manera más silenciosa posible, me deslicé calle arriba, rezando para que el niño hubiese tomado la misma dirección que yo.

Intuí formas humanas caminando en sentido opuesto a mío. Me mordí las ganas de pedirles ayuda y me desvié un centenar de veces para evitarlas. Perdido y asustado, desemboqué en una plaza grande y ancha, donde la niebla se había abierto un poco.

En ella, se dibujaban perfiles de árboles y una fuente central. Escuché el agua susurrar de fondo y entonces, supe dónde me encontraba. Había llegado a la plaza del Ayuntamiento.

Continuará…

Imagen libre de derechos.

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Pilar Ortiz
Amante de las buenas historias, fruto de una imaginación desbordante. Apasionada, descriptiva y muy visual. Sus cualidades sólo son superadas por sus ganas de aprender y perfeccionarse en el arte de la escritura.
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