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La Niebla

La Niebla

Una mano sin tres dedos

13 de noviembre de 1969

Era la primera vez que cogía el tren a Burgos. Me había citado en el Ayuntamiento de Colmenar Viejo, con el propietario de un terreno que me interesaba adquirir. Estaba decidido a expandir el negocio familiar construyendo en él, una granja ganadera. No fue muy complicado decidirme. El terreno tenía buena ubicación, el tamaño adecuado, red eléctrica, pozo propio y, además, era urbanizable. Lo único de lo que podía quejarme —si es que realmente podía quejarme de algo—, era de que el camino no estuviese asfaltado. En mi visita anterior, los baches reventaron los amortiguadores de mi coche y eran los responsables de que estuviera, en ese momento, en el taller.

Desde Madrid, el camino en tren se me hizo muy largo. Una espesa niebla impedía ver nada al otro lado de la ventanilla. Dentro, existía cierta tensión entre los pasajeros. Nadie sabía a qué se debía tanta inquietud generalizada. En los periódicos no aparecía ninguna noticia alarmista ni sospechosa. Todo iba bien en el régimen: la economía subía, el paro bajaba. En fin, lo de siempre.

Sin embargo, todos habíamos oído rumores acerca de cierta enfermedad desconocida, que volvía loca a la gente. No soy muy amigo de hacerle caso a las habladurías, pero en esta ocasión, me era imposible ser del todo, ajeno a ellas. Todos habíamos escuchado historias similares acerca de un familiar de un conocido, amigo de unos amigos no muy cercanos, que había sido víctima de esta nueva patología. Las historias eran confusas y solían contradecirse. A veces decían que la persona enfermaba de locura o de rabia, por haber bebido agua no potable. Otras veces, era consecuencia del mordisco de una alimaña tipo murciélago, rata o zorro, dependiendo de la versión. En cualquier caso, no se sabía siquiera, si estos rumores eran verdaderos, pero a todos nos ponían los pelos de punta.

Bajé en la estación de Colmenar a primera hora de la mañana. La niebla en esta localidad, era si cabe, todavía más espesa. Respirar aquella gélida humedad hizo que me estremeciera. Pocas personas nos apeamos en aquella parada. La estación estaba sumamente tranquila. Examiné el mapa del pueblo en el tablón de información para cerciorarme de que cogía el camino adecuado. Apenas había caminado por aquel pueblo y sus calles me eran del todo desconocidas.

Me extrañó no ver al personal de la estación por los alrededores. Supuse que, en un día con una visibilidad tan escasa, habían reducido el servicio.

La estación de tren se situaba a las afueras de la localidad. Fuera, no pude dar con ningún taxi que me acercara a mi destino. Entré de nuevo y traté de solicitar uno, a través de la única cabina telefónica de la estación, pero no había línea. No me extrañó demasiado que las comunicaciones fallaran de vez en cuando en la montaña y menos, en un día como aquél.

Volví a revisar el mapa del pueblo. Había un trecho importante entre dónde yo estaba y a dónde quería ir. La mayor parte de él consistía en carretera y campo. Rebusqué en mis bolsillos hasta encontrar el mechero. Vi entonces, un periódico tirado en una esquina. Lo enrollé, salí fuera y lo prendí en un extremo. No me quedaba otra que adentrarme a tientas en la niebla, pero al menos, tenía una antorcha.

El silencio en aquella zona era incómodo y pegajoso. Me fastidió sobremanera, no tener si quiera, un pájaro al que tachar de escandaloso. Me puse a pensar en la gente que se había bajado conmigo y en cómo habían desaparecido tan pronto. Estaba convencido de que eran vecinos del lugar y me lamenté por no haberme arrimado a ninguno de ellos. Seguramente, habían dejado sus vehículos en el aparcamiento. Ahora estaba todo vacío.

Poco o nada, alcancé a ver con la ayuda de mi improvisada antorcha. El camino era empinado, no muy ancho y serpenteante. Antes de alcanzar las primeras casas, apenas perfiladas tras el espesor de la niebla, mi iluminaria ya se había extinguido. El mechero, más que útil era reconfortante, ya que no me hacía sentir tan solo y perdido, en medio de aquella inmensidad de nada. Me sobrecogió el perpetuo silencio reinante, aunque tampoco me extrañó demasiado. Eran las seis y media de la mañana, apenas estaba amaneciendo y supuse, que la mayor parte de la población, dormía aún.

Torpemente, me fui adentrando en aquel pueblo fantasma. Todavía me quedaban por recorrer algunas calles antes de encontrarme en la plaza del ayuntamiento, cuando tropecé con una fachada manchada de rojo. Fue tan inesperado, que no pude evitar examinarla. En un principio, pensé que se trataba de una enorme salpicadura de pintura, pero estaba fresca y no desprendía tal olor. La toqué con la yema de los dedos y me la llevé a la nariz. Una parte de mí, estaba convencido de que era sangre, pero ¿de quién?

Busqué a tientas, acercando la llama del mechero al suelo. Muy cerca encontré huellas de varias pisadas y más sangre. Había un reguero que torcía por un callejón hacia la derecha. Lo seguí preocupado por encontrarme a alguien malherido.

El callejón olía a descomposición y a basura. Me tapé la nariz con la bufanda, el hedor era espantoso. Sin embargo, me dije a mí mismo que encontraría el cadáver de un animal, posiblemente el de una rata, que llevaría muerto unos días. Estaba convencido de que, si en aquél callejón había una persona, estaría viva.

Unos pasos más adelante, tropecé con una botella de vidrio vacía, que rodó con estridencia. Entre los cubos de basura, un gato bufó y salió corriendo. Me dio un susto tremendo. Dirigí la tenue llama del mechero hacia la profundidad del callejón y alcé la voz para preguntar:

—¿Hay alguien ahí? —El eco de mi voz retumbó como si fuera la única cosa viva en el mundo. Tragué saliva. Avancé con pequeños pasos y me detuve a escuchar—. ¿Hola? —No hubo respuesta. Iluminé la nada blanca, húmeda y fría, que me abrazaba. Busqué con ojos hambrientos, la silueta de un hombre. En su lugar, distinguí la de un cubo de basura. Me agaché, tratando de ver el suelo y lo que pudiera haber tras él. Me adelanté algunos pasos más y pude ver que a su vuelta, se dibujaba lo que parecía ser un zapato. Con cautela, bordeé el receptáculo y lo encontré tirado, vacío y sin dueño. Suspiré.

En ese momento, algo se movió entre la basura. Exaltado, me levanté e iluminé el contenedor. Una horrenda mano a la que le faltaban tres dedos, comenzó a perfilarse, claramente, entre la niebla. Arañaba las bolsas, aproximándose. Una segunda mano apareció entonces, trepando por el oscuro plástico, seguida por un desencajado y pálido rostro, cuyos ojos estaban completamente ciegos. Grité sobresaltado y di un paso atrás, cayéndoseme el mechero al suelo. La llama se extinguió y la niebla volvió a engullirlo todo, pero no se llevó al monstruo.

Era imposible ver absolutamente nada. Aquello que estaba escapando de la basura me era completamente invisible  pero aullaba como un demente. Su voz era fría y quebrada. Sonaba como un cuerno de guerra hecho de hambre. Me quedé completamente paralizado. Mi sangre se congeló y lejos, entre las casas, otras hediondas voces muertas comenzaron a alzarse. Alaridos enajenados que respondían a la llamada de la carne fresca.

Me arrodillé y con las manos desnudas, tanteé el suelo en busca del mechero. Fueron los segundos más largos de mi vida. A pocos centímetros de mí, una bolsa de basura se precipitó hacia el asfalto, esparciendo todo su contenido. Creí que sería imposible dar con él.

Un sudor frío me recorrió la espalda. Dentro de mi cabeza, una voz gritaba “sal de ahí” mientras que el sonido de alguien arrastrándose entre bolsas de plástico, estaba a punto de alcanzarme. De pronto, el alarido del demente me paró el corazón mientras que el coro que le replicó, se escuchaba a pocas manzanas. Fue entonces, cuando sentí la presencia de alguien junto a mi hombro y di un salto hacia un lado. Escuché como la cosa se caía con estrépito. Rápidamente, mis dedos toqueteaban toda la inmundicia que encontraron a su paso y tras cortarme con un cristal, hallé al fin, el mechero.

Lo primero que vi al prenderlo, fue aquel rostro vacío de alma. La criatura estaba tirada sobre el suelo y girada hacia mí. Intentaba erguirse. Tenía una pierna rota y las entrañas le colgaban del vientre. Su cuerpo estaba repleto de heridas y sangre oscura. No fui capaz de contener las ganas de vomitar y lo hice mientras miraba como aquella cosa que no debía existir, se arrastraba hacia mí.

Cada vez más cerca, el gutural griterío y el jaleo de un montón de pies, me confesaban que aquella cosa, no estaba sola. Huí. Salí corriendo a través de la niebla. Tropecé, caí, me levanté y volví a correr. No sabía hacia dónde me dirigía, sólo pensaba en escapar. Corrí con todas mis fuerzas y seguí corriendo. Me golpeé con todo, porque no veía nada y sólo paré, cuando me quedé sin aliento.

Apoyado en una pared cualquiera, tomé aire y traté de tranquilizarme. ¿Qué diablos había sido eso? ¿Qué estaba sucediendo? Y lo más importante, ¿dónde demonios estaba yo ahora?

Prendí el mechero. Una pared blanca, una calle vacía. Me examiné la mano que me había cortado. No parecía serio, pero sangraba. Saqué del bolsillo mi pañuelo de tela y me la envolví. Me examiné el resto del cuerpo. No me había hecho más que algunos rasguños. Miré a mi alrededor. Nada, nadie, sólo niebla. Inspiré y escuché: silencio.

Me encontraba desorientado y perdido. Necesitaba un lugar seguro y ayuda. ¿Qué había pasado aquí? ¿Estaban todos muertos?

Seguí la pared y calle arriba encontré un pequeño supermercado de barrio. Estaba abierto y las estanterías, volcadas. Había comida desparramada por el suelo y sangre, mucha sangre.

—Esto debió de comenzar ayer —pensé—. Ahí dentro, debe de haber un teléfono.

Escuché unos segundos antes de atreverme a entrar. Encontré un bote de laca para el cabello, tirado en el suelo y lo adquirí como arma. Tomé aire. Sin hacer ruido, apagué el mechero, lacé una lata de conservas al interior del local y me escondí tras lo que quedaba del puesto de verduras que estaba en la puerta. Esperé.

No sucedió nada. Con cautela, salí de mi escondrijo e iluminaria en mano, me deslicé, sigiloso, hacia el interior.

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Imagen libre de derechos.

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Pilar Ortiz
Amante de las buenas historias, fruto de una imaginación desbordante. Apasionada, descriptiva y muy visual. Sus cualidades sólo son superadas por sus ganas de aprender y perfeccionarse en el arte de la escritura.
Pilar Ortiz

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4 comentarios en “La Niebla

    1. Muchas gracias Aroa, bienvenida!

      Me alegra mucho que te haya gustado ☺️❤️
      El próximo fin de semana saldrá la segunda parte.
      Intentaremos que sea más emocionante que la primera 😋
      Ya me dirás si lo consigo!! 😁

      Muchas gracias por leer hasta el final y comentar ❤️

      Un abrazo!

  1. Me ha encantado el relato,estoy deseando q aparezca la siguiente parte.Te engancha de una manera increíble.La narración es genial y súper visual. Enhorabuena!!

    1. Muchísimas gracias, Pilar y bienvenida!! ❤️❤️❤️❤️❤️

      Me alegra muchísimo que te guste y celebro que quieras leer la continuación ❤️

      Te confieso que estaba un poco preocupada porque no he escrito mucho suspense ni terror en mi vida 😅😅😅
      aunque lo cierto es que es una temática que siempre me ha gustado mucho 😁😁😁

      Tendré que esforzarme para traer algo aceptable el próximo fin de semana! 😜

      Muchas gracias por leer hasta el final y comentar.

      Un abrazo! ❤️

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