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La otra llama

La otra llamaLa otra llama.

“Me desvanezco

y rota en mil esquirlas de aire,

continúo siendo ausencia”.

Un golpe seco en la ventana, consiguió que la niña dejara de leer el cuaderno de poemas que había encontrado en el mohoso sótano de sus abuelos. De un salto, lo escondió bajo la almohada y miró a su alrededor en busca de quien la había asustado; mas sólo la rama del viejo olmo del jardín mecida por el viento, respondió a su llamada.

Hacía frío aquella noche. El aire se filtraba por el marco de la ventana y movía las cortinas de manera espectral. María se estremeció. Era la primera vez que dormía en la habitación del fondo. Siempre le asustó aquél dormitorio. Estaba ubicado al final de un largo pasillo y también, muy lejos del cuarto de sus abuelos. Siempre temió encontrarse con lo desconocido al cruzar su puerta. Era una especie de miedo irracional que ni siquiera le permitía mirar hacia su dirección. Sin embargo, ya había crecido (o eso le decían todos). Su abuelo le retó a dormir en el temido cuarto, aquella misma tarde, cuando bajaron al sótano en busca de la vieja caja de juguetes con los que jugaba la madre de María, cuando ésta era pequeña.  Allí encontró el cuaderno y sin que el abuelo lo viera, lo escondió debajo de su jersey de punto.

María había disimulado mal su estupor al oír aquél desafío. La idea le aterraba, pero sintió que no tenía escapatoria. Aquél dormitorio era de tamaño generoso. Los muebles eran muy antiguos y el aire estaba algo viciado, por lo que la abuela decidió ventilar la habitación, justo antes de ponerle unas sábanas a la cama. El dormitorio se quedó helado y María trataba de distraer su mente temerosa con la lectura del diario.

“Me pierdo

y siendo éter en alta mar,

me confunden los instantes de vacío,

tanto espacio ocupado por la Nada”.

Un escalofrío recorrió la espalda de María, llegando hasta el hueso. Sintió como si alguien caminara detrás de ella, más allí sólo había pared y oscuridad. La luz de la lamparita que había sobre la mesita de noche, empezó a centellear y el corazón de la pequeña, dio un vuelco. Suspiró al ver que se estabilizaba y que la oscuridad, no vendría para devorarla.

Nunca había estado en aquél dormitorio de noche. En aquél momento entendió que no era tan buen asunto, el hecho de ser mayor. Prefería seguir siendo un bebé y dormir en la habitación contigua a la de sus abuelos. Reflexionó bastante sobre el hecho de crecer y durante un buen rato, se olvidó de que aquél cuarto le daba miedo. Fue una pequeña lucecita reflejada en el espejo de la cómoda, la que la trajo de vuelta de sus pensamientos.

Estaba a metro y medio de la cama. Era una lucecita parecida a una vela. Al principio, la infinita curiosidad de la niña se interpuso por delante del miedo. Abstraída del lugar en el que estaba, María salió poco a poco de la cama y se acercó, con cuidado, a la cómoda. La condujo un sentimiento juguetón de descubrimiento. Estaba justo delante del espejo, apuyaba sus manos sobre la cómoda y de puntillas miraba atentamente aquella lucecita centelleante.

—¿Eres un hada?–preguntó.

La luz centelleante dio un fogonazo y empezó a danzar por el espejo. María rió, esa luz le pareció divertida. Poco a poco, otra luz fue apareciendo y la danzarina se fue difuminando, hasta desaparecer por completo. Aquella nueva luz estaba envuelta en una estela melancólica. Era más pesada y lúgubre. María dejó de reír y sintió como su cuerpo era inundado por una pesadumbre quejumbrosa. Dio un paso atrás y compujida, le preguntó:

—¿Quién eres?

La llama empezó a emerger del espejo, como lo haría un fastasma contaminado por el rencor. Despacio, el color de su llama se transformó en tiniebla y la luz de la lamparita que estaba sobre la mesita, empezó a centellear de nuevo.

María contempló con estupor, cómo la llama salía del espejo en forma de vómito. Se retorcía sobre sí, hasta parecerse lentamente, a un despojo humano. Aquél ser emergía del espejo, dejando un reguero de podredumbre.  La luz palpitante de la mesita lo hacía todavía más terrible. Su imagen, la dejó paralizada.

Aquél monstruo enorme, se acercó a ella y la sostuvo entre sus manos huesudas. María sintió que el frío de la muerte, se le clavaba en los huesos. El espectro la alzó para que ella pudiera contemplar su rostro descarnado. María se horrorizó e intentó gritar, pero no pudo. Aquél ser la controlaba como si fuera una muñeca de trapo. La acercó. Las cuencas de sus ojos estaban vacías y su lengua, negra como una ciénaga, se aproximaba peligrosamente hacia su rostro.

María trató de mirar hacia otro lado, mas sus ojos regresaron al interior de aquellas espeluznantes cuencas vacías. Gimió en su intento de retorcerse y escapar, mas fue en vano. Ella le escupió y pudo ver cómo su saliva resbalaba lentamente por el hueso y la piel de aquél espectro encarnado. Su lengua putrefacta seguía acercándose con movimientos ondulantes. La niña cerró con fuerza sus ojos y entonces….

María despertó sobresaltada, estaba en casa. En la casa en cuya hipoteca, aparecía su nombre. De nuevo, habia tenido aquella pesadilla recurrente de la que no se podía despertar. Encendió la luz de la mesita de noche y miró el reloj: las tres de la mañana.

María se levantó de la cama y se dirigió al cuarto de baño. Estaba empapada en sudor y se sentía algo mareada. Se desnudó y se duchó durante varios minutos. Despojada de su somnoliencia, regresó al dormitorio en albornoz. Se estaba secando el cabello con una toalla, cuando se dio cuenta de que sobre la cama, estaba aquél viejo cuaderno de poemas que su madre escribió durante su juventud. Se quedó extrañada. No recordaba haberlo cogido, ni siquiera recordaba dónde lo había guardado durante todos estos años. Decidió no pensar en ello, era tarde y quería descansar de nuevo, esta vez, sin pesadillas. Abrió el armario para escoger otro pijama mientras, tras ella, la luz de la lámpara de la mesita de noche, comenzó a centellear…

La otra llama.

Imagen: Kindra Nikole.

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Pilar Ortiz
Amante de las buenas historias, fruto de una imaginación desbordante. Apasionada, descriptiva y muy visual. Sus cualidades sólo son superadas por sus ganas de aprender y perfeccionarse en el arte de la escritura.
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4 comentarios en “La otra llama

  1. ¿Pero yo no había dejado un comentario aquí ya? O_o

    Últimamente me pasan cosas raras por blogger, voy a dejarte otro de prueba a ver si es que lo tienes que aprobar o algo ^^

  2. Si algo demerita un buen relato son las faltas de ortografía. Sugiero, cuando menos, someter el texto a la corrección ortográfica de la computadora. Saliva se escribe con “v” y no con “b” y en el comentario anterior, se puede leer aprovado que, al contrario de saliva, si va con “b” y se escribe aprobado.

    1. Hola Manuel! Bienvenido!
      Agradezco tus consejos, a veces me olvido de lo básico. Ya están corregidas las dos faltas que has apreciado, la verdad es que tienes razón, queda muy feo leer un texto con faltas de ortografía y es cierto que no sometí el relato a corrección porque tenía demasiada prisa por actualizar. También es verdad que suelo responder a los comentarios a través del teléfono móvil (como estoy haciendo ahora mismo) y la inercia te hace pulsar la letra que está justo al lado de la que andas buscando (una vez más, las prisas).
      Te agradezco tu observación, bienvenido de nuevo y gracias por leerme! ^^

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