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Las Aventuras de la Albondiguilla con Coleta

Sobrevivir a la primera semana

Ya hace una semana que decidí cambiar mi estilo de vida y hacer más ejercicio. Bueno, en realidad, sólo decidí hacer más ejercicio ya que, en cuanto a mi alimentación, tampoco tiene demasiados excesos y se puede clasificar dentro de unos parámetros normales.

Mi objetivo era acudir al gimnasio entre tres y cuatro días a la semana y probar clases grupales nuevas. En esta primera semana puedo decir que he cumplido mi objetivo yendo cuatro días. En esos cuatro días, además, he probado por primera vez las clases de Fitness, Strech Pilates y Tabata. No está mal.

Durante esta semana he pasado por distintas fases de agujetas. El martes y miércoles, subía y bajaba las escaleras como lo haría el mismísimo RoboCop. A partir del jueves, ya me acercaba más a los movimientos del ser humano medio.  Ahora que es fin de semana, puedo decir que no aprecio agujetas importantes. También es porque estamos a domingo y no he vuelto al gimnasio desde el jueves por la tarde, cuando salí de la clase de Yoga. He de reconocer que esta última clase se me hizo mucho más liviana que de costumbre y que sospecho que se debe a todo lo trabajado durante la semana.

Sigo mirándome en el espejo de la sala de Fitness mientras me muevo como una grulla en el Polo Norte y continúo viéndome como una albondiguilla con coleta, con apenas gracilidad y arte en mis movimientos. Sin embargo, esta imagen no me desalienta en absoluto, sino que he pensado en llevarla por bandera y convertirla en super-heroína. Para desprestigiarla y convertirla en poca cosa, ya me he tirado toda la vida.

Antes de irme, quisiera comentar un nuevo cambio que he experimentado en mí. Hablo. Me comunico. Sé que no me conocéis, pero especialmente cuando se habla de actividad física, siempre he preferido pasar inadvertida. ¡Que nadie me vea! Era mi grito ahogado en el silencio.

Toda mi vida he despreciado mi cuerpo. Nunca me he sentido cómoda con él. Acomplejada hasta las cejas, me he mantenido al margen del mundo. Siempre buscando el no destacar en nada de lo que me rodease: estudios, amistades, deporte, amor… Pasar por la vida como una luciérnaga que se resiste a iluminar la noche. Desaparecer entre la multitud sin que nadie retenga mi nombre. ¿Tan horrible era interactuar con los demás? ¿Tan horrible era mostrar mis sentimientos? ¿Tan horrible era dar mi opinión?

Sí, era nefasto. Un miedo irracional me invadía hasta sacudirme los huesos. Ese miedo iba más allá de no ser aceptada en el grupo. Ese miedo me sorprendía hablándome en sueños para que escapase del mundo, para que corriera por mi vida.

Con el tiempo aprendí que la mayor parte de esos miedos ni siquiera eran míos. Los absorbemos de nuestro entorno más privado, cuando somos sumamente jóvenes. Aprendemos de ellos, nos moldean y nos convierten en los adultos raritos que somos.

Siempre me ha costado entablar nuevas amistades y se debe, en particular, a mi esfuerzo artificial por alejarme de hacer el ridículo frente a los demás. Pero, ¿qué es hacer el ridículo? ¿Acaso mi valía depende de la visión de los demás? ¿Soy menos capaz porque otro se burle de mí? Me vuelvo a reciclar. En esta vida, no puedo olvidar de nuevo, el hecho de aprender a reírme de mí misma y creo, que desde que me veo como la Albondiguilla con Coleta, me resulta más fácil relacionarme con la gente desconocida que acude a mis mismas clases. Este personaje rechoncho y sin gracia, me ha traído un cambio muy grande en mi historial de intentos de aproximación fracasados. Empiezo a recibir aceptación y eso es algo mágico, porque noto que es un reflejo de mi propia aceptación.

Lleva viva una semana y empieza a  dibujarse como algo. ¿Qué nos deparará?

Imagen destacada: Shadowology – the art of Vincent Bal

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Pilar Ortiz
Amante de las buenas historias, fruto de una imaginación desbordante. Apasionada, descriptiva y muy visual. Sus cualidades sólo son superadas por sus ganas de aprender y perfeccionarse en el arte de la escritura.
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