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Pequeños trabajos

Últimamente pienso mucho en las personas que realizan, lo que muchos llaman, “trabajos pequeños”. Es decir,  aquellos trabajos elementales que conforman la base de nuestra sociedad: limpieza y mantenimiento de lugares públicos, hostelería, etc.

Me pregunto por qué les llaman “trabajos pequeños” cuando no seríamos nada sin ellos. No quiero ni imaginarme el estado de las calles sin barrenderos ni basureros. Tampoco qué desayunaríamos sin agricultores ni ganaderos. Es curioso cómo las palabras pueden desprestigiar a las personas sin darnos cuenta.

Me gustaría saber con qué instrumento se mide el tamaño/valor/utilidad de un trabajo. ¿Por la duración? ¿Por la influencia del mismo en la sociedad? ¿Por el esfuerzo mental? ¿Por el esfuerzo físico? ¿Por el salario? Desgraciadamente, para muchas personas se mide por esto último. Tanto cobras, tanto vales. De lo contrario, no comprendería por qué cada vez los jóvenes aspiran más a ser un tertuliano en un programa de prensa rosa de la televisión, que un investigador de la universidad, que busca la cura para alguna de las múltiples enfermedades raras que, hasta el momento, son intratables. El tiempo y el esfuerzo empleados por este segundo perfil tienen una finalidad más noble, útil y grande, que su propia existencia. En cambio, el primer perfil sólo busca enriquecerse a través de su imagen, de una manera rápida. No tiene talento para nada más. Se puede decir que es un frasco vacío cuya existencia no le aporta nada a nadie ni ahora ni en un futuro. Entonces, ¿por qué es un modelo a seguir?

Cada vez pienso más en lo que se dice sobre que existe un plan para idiotizar al pueblo. Todo se hace para personas que buscan la satisfacción instantánea. Esa que es superflua y que dura tan poco. Programas de televisión, música, cine, libros… Hace unos años que dejé de escuchar la radio. Todas las canciones me sonaban igual, no hallaba un alma tras ellas. También dejé de ver la televisión. Empecé a desconfiar de los informativos, los programas de entretenimiento me aturullaban en el sofá y me daba cuenta de que cada vez me sentía más vacía.

La radio y la televisión me deprimían, así que las dejé. En casa sólo tengo una tele que enciendo muy poco para ver una película, algún capítulo ocasional de dibujos y puntualmente, un programa de televisión.

…y radio. No, no tengo radio en casa.

Volviendo al tema de los “trabajos pequeños” he de decir que, para mí, es importante el respeto. Es cierto que todos tenemos un mal día a veces, pero no por ello voy a retirarle el saludo a la mujer que se dedica a limpiar la escalera de mi edificio, por ejemplo. Lo cierto es que cuando hace frío, pienso en ella. Pienso en el madrugón que se pega para llegar a mi edificio temprano y limpiarlo de cabo a rabo con el mayor de los esmeros mientras todos duermen. Pienso que tiene que repetir esta acción una y otra vez en todos los edificios de alrededor. En lo cansado y solitario de su profesión y en lo poco reconocida que está. Por eso, no me permito ignorarla ni ser desagradable con ella. Ella hace mejor mi día a día, sin que interfiera directamente en el mismo y le estoy agradecida por ello.

Al igual que sucede con el chico que viene a mi trabajo para limpiar los escaparates y las cristaleras. Siempre charlamos cuando entra en la peluquería a realizar su labor. Hablamos sobre música, sobre vivencias mientras cada uno está ocupado en sus asuntos.

No olvidaré la cara de asombro que puso cuando le conté que desde que él viene, utilizo el expulsador de espaldas al escaparate para no mancharlo. Casi se sonroja cuando le dije lo agradecida que estaba de que alguien se encargara de limpiar la cristalera porque odio hacerlo.  No se me da particularmente bien y él los deja espectaculares.

Se nota que nadie le había agradecido ni reconocido su trabajo y eso, en el fondo, es muy triste. Será porque yo también tengo un “trabajo pequeño” del que, a menudo, me gustaría escapar saltando por esa misma cristalera. No sé, a veces pienso que nos falta un poco de empatía hacia las personas que tenemos cerca.

Siento que algunas personas se toman mi profesión como un hobby o entretenimiento personal y eso se nota en el trato que se recibe. Cuando esto sucede, me visualizo empleando mis tijeras en la rápida extracción del ojo derecho del individuo mientras todo es bañado por su sangre. Sonrío mucho durante esta imagen tan liberadora pero automáticamente descubro que no ha sucedido nada y que sólo es un gilipollas más que viene a tocar las pelotas. Por suerte —más para mí que para ellos–, estas desagradables visitas no suceden a diario.

Puede que sea porque provengo de una familia y de un lugar humildes, la razón por la cual, no soy compatible con la soberbia. Mi vida sería más liviana si tuviera un lanzallamas y pudiera usarlo sin consecuencias.  No obstante, tarde o temprano, el tiempo nos lleva a todos al final del trayecto, al encuentro con la Nada. Desnudos, despojados de todo lo que hoy parece que es nuestro. Somos tan fugaces como un parpadeo y sin embargo, queremos dejar constancia en el mundo, plasmar nuestra huella, como si pudiésemos vivir más que el tiempo.

… Somos gilipollas y no lo vemos.

Fin de la cita.

Imagen destacada: Meni Chatzipanagiotou

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Pilar Ortiz
Amante de las buenas historias, fruto de una imaginación desbordante. Apasionada, descriptiva y muy visual. Sus cualidades sólo son superadas por sus ganas de aprender y perfeccionarse en el arte de la escritura.
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