Categorías: Escritos Relatos
Ojalá lloviera

Adam Martinakis

Ojalá lloviera esta noche. Me reconfortaría el olor a tierra mojada, a plantas saciándose, a vaho acumulándose en el vidrio de la ventana. Estaría bien que lloviera y lloviera…. y lloviera durante toda la noche. Sentir que caigo en el abrazo de un plácido sueño, mientras se dibuja el murmullo de una nana de agua infinita, tan antigua como el tiempo.

Desearía que lloviera y su efecto fueran calles vacías de pasos, luces apagadas, remansos de calma, soledad. Añoro el sabor del silencio de unos labios sellados, por encima de cualquier pensamiento, predomina la lluvia y su don. Pocos se paran a llenarse de él…

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Esto también pasará

nicolas-senegas

Murmullos de agua impregnan mi recuerdo. Camino envuelta en esbozos de mundos que yo misma fui cosiendo, sin apenas precisión… Quizás sólo trataba de encontrarme en alguno de ellos o quizá, sólo pretendí escapar de mí… Lo cierto es que ahora, se emborronan los momentos soñados con los imaginados y a menudo, tropiezo con los jirones de fantasías que en su día, deseché… Me hallo impregnada de sombras, cargada de decepciones, encadenada a unos lastres por los que hace tiempo, me corté los brazos…

Mis pasos se confunden con el anhelo y el olvido, mientras atravieso este callejón de humo, escarcha y alquitrán. Me saben las palabras a óxido y martillo, pues tras ellas está mi alma apuntalada a un puñado reproches, que envenenan la vida de todo el que escucha y asiente.

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Te espero.

Sayaka GanzTe espero.

Tú no lo ves pero empiezas a perderme.

Sobre el viento es vertida una melodía de piano que se repite infinitamente. Experimento cómo mis huesos se amarran entre sus notas, a pesar de que mi mente fluctúe a años luz de ellas. Me derrito entre las aguas de un ciclo que tarde o temprano, se repite, se me atraganta y me ahoga. Hay una lección en él que todavía, no he aprendido.

Desde mi Atalaya contemplo solemne, cómo se dibuja el límite de mi paciencia sobre el horizonte. La aurora me acompaña en esta noche infestada de estrellas caídas. Ni el frío ni la lluvia me sorprenden. Dentro de mí, habitan lagunas por las que el agua le cuesta fluir y siento que me voy contaminando por ellas.

Este es un terreno angosto por el que se cruzan tu sendero y el mío. Juntos transcurren a través de la maleza, dibujando una estela serpenteantemente abrupta. Me detengo bastante apenada porque desde las rocas, no se puede ver el mar.

Esta es una canción que suena jodidamente triste. Así que si tú quieres, la podemos silenciar.Christopher David White

Te espero.

Imagen 1: Sayaka Ganz

Imagen 2: Christopher David White

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Lo acepto
Lo aceptoLo acepto.

Me vuelvo hacia adentro, soy instante.

Me deshago en espuma y vapor de vaho. Respiro, estoy muriendo.

Aparezco en mitad de un anhelo que se desangra, lentamente, sobre todos los debería que pude hacer y no obstante, no realicé. Callo y respiro escarcha.

Me siento tibia, empapada en la hiel que emborracha los fragmentos de mis amores pasados. Flota el resentimiento alrededor de ellos, como si fuera un iceberg famélico, abandonado a su suerte. Tiemblo.

Me cobijo entre los recovecos de un puñado de lágrimas que no fui capaz de liberar y me duermo. Pasa el tiempo, envejezco. Amanezco desnuda a los pies de un amanecer que ahuyenta al miedo. Siento calma.

Miro hacia abajo, y en mi periferia descubro mi inexistencia, a través del Soy más puro. Exploro lo que percibo, deslumbro. Libre al fin, del dolor, la pena y la culpa. Comprendo el camino, deshojada del apego. Lo acepto.

Fluyo.

Imagen: Daniel Kordan

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La otra llama

La otra llamaLa otra llama.

“Me desvanezco

y rota en mil esquirlas de aire,

continúo siendo ausencia”.

Un golpe seco en la ventana, consiguió que la niña dejara de leer el cuaderno de poemas que había encontrado en el mohoso sótano de sus abuelos. De un salto, lo escondió bajo la almohada y miró a su alrededor en busca de quien la había asustado; mas sólo la rama del viejo olmo del jardín mecida por el viento, respondió a su llamada.

Hacía frío aquella noche. El aire se filtraba por el marco de la ventana y movía las cortinas de manera espectral. María se estremeció. Era la primera vez que dormía en la habitación del fondo. Siempre le asustó aquél dormitorio. Estaba ubicado al final de un largo pasillo y también, muy lejos del cuarto de sus abuelos. Siempre temió encontrarse con lo desconocido al cruzar su puerta. Era una especie de miedo irracional que ni siquiera le permitía mirar hacia su dirección. Sin embargo, ya había crecido (o eso le decían todos). Su abuelo le retó a dormir en el temido cuarto, aquella misma tarde, cuando bajaron al sótano en busca de la vieja caja de juguetes con los que jugaba la madre de María, cuando ésta era pequeña.  Allí encontró el cuaderno y sin que el abuelo lo viera, lo escondió debajo de su jersey de punto.

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Buscandote

BuscandoteBuscandote.

Ella me pidió que te esperara. Era tarde y la lluvia había espantado a todo transeúnte despistado. Se hizo de noche y sin embargo, aquí seguía yo, con mi gabardina y los pies empapados; contemplando el agónico abandono del segundero de un reloj, que parecía no tener cuerda. Él me miraba, ahí arriba, encaramado a una de las torres de piedra. Parecía reírse de mí, desde la tétrica silueta de esa maldita Iglesia, en la que tú y yo, un día, nos casamos.

Las horas pasaban mientras que para mí, enraizado en mitad de aquella plaza vacía, comparaba el tiempo con la caída impasible de los pétalos de una rosa mustia. Exasperé buscando en mi disconformidad, tu presencia, mas tú no apareciste.

Ella me telefoneó como seis veces, en las horas en las que, todavía, aguardaba más allá de la paciencia, tu figura. La estatua que presidía la plaza, debió de pensar que estaba mal de la cabeza. Ella me observaba a través de sus fríos ojos de mármol, mientras la lluvia nos castigaba a ambos. Quizá debí quedarme seis o nueve horas más, pero pensé que tres, fueron más que suficientes. No logro determinar en qué estarías pensando…

La tetera silbaba sólo para mí, en aquella mañana en la que las nubes negras, dieron paso a un sol que no calentaba en absoluto. Había planeado aquel momento de mil formas distintas. Café, tortitas, incluso hubiera madrugado para traerte churros con chocolate; pero aquella mañana, no había nadie conmigo y yo no pegué ojo en toda la noche. Estuve pendiente del teléfono, de la ventana y de la puerta. Dando vueltas por las calles por si te encontraba. Llamé a los hospitales y a la policía, pero nada. Te evaporaste.

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