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Paul Nong

Sobre cerdos y polvo de estrellas

Imagen destacada: Paul Nong.

He tenido un día duro mas ahora, ha llegado el momento esperado. Si a esto le puedo llamar soledad, es bienvenida aquí abajo, en el eco de los oscuros túneles que retumban cuando esta enorme serpiente de metal, que me ha engullido, se arrastra. Soledad infestada de gente que no sabe que existo, al fin llegas. Quédate mientras mis dedos recorren las palabras que están a punto de nacer de mi estilográfica.

—Ejercicio creativo–.

Todos y cada uno de nosotros, tendemos a pensar que cada día que pasa, somos más fuertes que el anterior y también, que estamos mejor preparados para cualquier adversidad que se nos presente pero, ¿es esto cierto?

Supongo que no podemos desechar la necesidad de ponernos a prueba. Si lo hiciésemos, si nos dejásemos arrastrar por el miedo, ¿quiénes seríamos? Moribundos aquelarres de esperanzas residuales, eso seríamos, mierda.

Todos te alientan a no ocultarte. Aseguran que es lo mejor, que “así es cómo funcionan las cosas”. Te invitan a experimentar por ti mismo pero luego, no te lavan las heridas y tampoco te las lamen. A ser posible, les esparcirán sal por encima y también pimienta, para que estén más sabrosas.

Lo bueno de vivir en invisibles hojas de papel es saber que tu tumba, carecerá de esperma. Sí, de esperma. Cuando alguien muere (o fracasa), otro se masturba. Así somos la especie predominante de este planeta envenenado. La criatura más inteligente, siempre se comporta de la manera más estúpida.

No gozo con el dolor ajeno pero también, se me ha escapado un sentido “que le jodan” cuando sabía que, determinados actos realizados por mi altanera persona, perjudicarían a un otro, determinantemente concreto. (¿Venganza? ¿Placer? ¿Frustración volcada sobre otro?)

 

No podemos aspirar a ser ángeles, no nos lo merecemos. En realidad, aborrecemos su perfección, esa ideal (y asexual) existencia divina. Aborrecemos la vida en sus expresiones más bellas pero jamás lo confesaremos. Fingiremos que el amor que viven otros, nos llena de felicidad también a nosotros. Fingiremos unos celos sanos mientras sonreímos apretando los dientes (que nadie note nuestra tensión). Por supuesto, mentiremos y les odiaremos en secreto.

¿Quiénes somos y hacia dónde vamos? ¿Esta es nuestra naturaleza? Y si miro sólo en mí, ¿qué encontraré?

 

Shane Grammer Arts

Imagen: Shane Grammer Arts

¿Quién soy yo? Me temo que alguien insultantemente insignificante. El mundo no sería mejor ni peor sin mí, esa la verdad. Cuando me haya ido, me recuerdo vivirá, como mucho, un par de generaciones y después, no quedará nada. Silencio.

Cuando somos niños, nos relatan el mismo cuento, aunque con diferentes matices, que nos convence de que todos y cada uno de nosotros, somos únicos —quizás, entonces sea cierto–. Más tarde, cuando crecemos y nos hacemos mayores, descubrimos que nuestro Yo se reduce a un número. (¿Hacia dónde voy?)

El futuro es puro gris. Poroso, áspero, duro, infinito. Pienso en el mañana y se transforma en hormigón y basalto. Sin embargo, algunas veces, nacen a través de él, tímidas flores que salpican de color, textura sedosa y aroma, el camino. Es entonces, cuando el porvenir se vuelve menos intimidante. Ya no pesa tanto la pregunta. Su importancia ha menguado mientras mi pequeño Yo se siente más grande, limpio, valeroso y con este empuje, empieza a creerse que puede ser algo y quizás, algún día, hasta alguien (si eso significa algo).

Sin duda, toda esta fuerza positiva ha de deberse a la inocente —aunque cierta– creencia, de que somos descendientes estelares. Estamos hechos de polvo de estrellas. Y esta ilusión, nos durará un rato y luego, hormigón, aspereza, basalto, gris.

Opresión.

El futuro vuelve a aparecerse de manera asertiva mostrando sus dientes. ¿Nos engañamos? ¿Algún día seremos dignos para aspirar a ser ángeles? Sí, el día que los ángeles tengan la nariz chorreante y la cola rizada.

Tragamos mierda, vemos mierda, nos arrojamos mierda. Gruñimos y silbamos, follamos (menos de lo deseado), retozamos en estiércol hecho de vidas que no nos corresponden. Somos cerdos… y moriremos como cerdos (con un cuchillo al rojo, atravesándonos la garganta. Invertidos, colgado de los tobillos. Desnudos, indefensos. Nos desangraremos y de nuestro cuerpo inerte, todo será aprovechado —especialmente la lengua–).

De nada servirán el Yo, el futuro ni el miedo. La incertidumbre nunca será resuelta y nuestro paso por esta puta vida alimentará las preguntas de las generaciones venideras.

No, no es natural en nosotros vivir y dejar vivir. Necesitamos compararnos, superar… Miramos al vecino y lo percibimos como nuestra competencia directa (¡a la horca!). Ansiamos su vida, la envidiamos y al mismo tiempo, la rechazamos.

No somos felices porque somos estúpidos. Vivimos una superflua vida a la que ensalzamos añadiéndole el artículo “mi” delante. No obstante, la vida (nuestra vida) no nos pertenece. Le pertenece a la VISA, al parné, a la divisa. A una creación del hombre que mueve el mundo al gusto de unos pocos. Los demás…

Los demás, somos sus lacayos hambrientos, deseosos de abrazarnos a su gigantesco y rebosante seno. Con la nariz chorreante y la cola rizada. Restregándonos en la mierda que nos ofrecen. Procreeando. Tratando de borrar el número que somos. Buscando el alguien que nos gustaría ser. Mirando de soslayo al pezón, babeantes…

…mientras les contamos a nuestros lechones que están hechos de polvo de estrellas.

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Pilar Ortiz
Amante de las buenas historias, fruto de una imaginación desbordante. Apasionada, descriptiva y muy visual. Sus cualidades sólo son superadas por sus ganas de aprender y perfeccionarse en el arte de la escritura.
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