Categorías: Escritos Poemas
Poemas para decir adiós

Hoy me tropecé con un poema que escribí hace exactamente, tres años.
Tiene razón mi amiga Verónica en el comentario que dejó en el post anterior: la lluvia lo limpia y purifica todo, especialmente el dolor.
Me encantaría compartir este poema con vosotros y aunque tarde, os deseo a todos un feliz y próspero año 2017. ¡Que sanéis todo el dolor acumulado!

Poemas para decir adiós

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Involución
Vorja Ilustración
Involución

Estamos hechos de polvo,
de espanto sacudiendo las calles.
Las miradas consumidas
en cada sorbo de licor.
Estamos, jodidamente, rotos.

Somos muñecos de trapo deshilachados
y por nuestras costuras asoma
el vómito de nuestra vacía existencia.
Llevamos acero en los pulmones,
alquitrán envenenando las venas,
Kilos y kilos de mierda en la cabeza.

Padecemos el hedor de la podredumbre,
emanando de las heridas abiertas,
arrojamos basura en las ranuras del tiempo
y mentimos diciendo que ya nada importa,
que nada nos duele, que nada nos toca.

Somos buitres descarnando el cadáver de la pureza.
Somos un puñado de costumbres enfermizas.
Somos el sufrimiento y el hambre,
la codicia y el resentimiento.
Somos la causa y el efecto
del error más grande jamás cometido.

Atravesamos la escalera de caracol en llamas,
intoxicados con píldoras en el estómago,
lodo y cenizas embadurnando los oídos
para no escuchar los alaridos
de quienes dejamos atrás.

Somos el baladí de la insignificancia
saltando directos hacia el abismo,
sin más miramientos que una fotografía,
acaudalando ego imperativo,
sabiendo que en mitad del giro,
los sesos contra el asfalto, van a parar.

Imagen: Vorja Ilustración
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De uno mas

De uno masDe uno mas.

Deslizo los dedos

por los hilos que nos envuelven,

enredo mi pelo

y tu sonrisa en ellos,

empezamos a volar

con la mirada

y acompasados respiramos

todo este océano de calma.

 

Quisiera bailar contigo

todas las canciones que nos quedan,

entrecruzar nuestros latidos

y ver cómo surcan el cielo sobre cometas.

 

Llévame en tus pensamientos,

seré el valle que te acoja cuando te pierdas,

la mañana que te rescate de las tinieblas,

la voz que decore tus silencios.

Recuérdame, verso a verso,

en aquél cálido beso de despedida,

con la emoción y las lágrimas, contenidas,

haciendo uso de uno más de mis “te quiero”.

De uno mas.

Imagen: Chiara Bautista.

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El cuaderno

El cuadernoEl cuaderno

Era temprano. El sol apenas hacía atisbos de presencia en el horizonte. La ciudad descansaba aun, inmersa en su plácida ensoñación de colores profundos y estrellas centelleantes. Poco a poco, la vida comenzaba a desvelarse. El ruido volvía en forma de humeantes motores de automóviles. Tóxicos, sus rugidos ahogaban el hermoso canto de las aves que, afanadas desde las copas de los árboles, entregaban al mundo, su particular espectáculo de vida y resplandor.

Jorge era uno de tantos jóvenes que esperaban en el andén de la estación a que un tren le cambiara la suerte. Cabizbajo y enfundado en su abrigo de color gris, era incapaz de disimular su nerviosismo. Manoseaba el billete que le conduciría a una ciudad desconocida. En el fondo, sabía que no se quedaría en ella por mucho tiempo y esa sensación, lo aliviaba. Lo suyo no eran las aglomeraciones. No compartía ese afán urbanita de ir siempre con prisas de un lado para otro, ni tampoco, esa manía absurda, de caminar con la mirada pegada a la pantalla de un teléfono móvil.

Su mayor temor en aquella estación, no era perder el tren ni tampoco, alejarse de quiénes conocía mientras viajaba con una idea superficial de la ciudad a la que iba, del hostal en el que se quedaría hasta poder conocer a alguien con el que compartir un piso, ni tampoco temía el humilde puesto de friegaplatos que le esperaba en un famoso restaurante. Carraspeó al pensar en esto último. Lo comparó con sus cinco años en la facultad y con los dos —que se le hicieron eternos–, para acabar el doctorado.

— Pero a nadie le interesa ya, la historia–suspiró.

Una suave brisa acompañó al tren, que llegó puntual a su cita. Jorge le dedicó una última mirada al cielo de su pequeña ciudad natal, preguntándose cuántos meses –sino años- pasarían hasta su retorno. Le esperaba un largo viaje: un tren, un vuelo, un autobús, cinco ríos, doce ciudades y tres idiomas. Todo, en busca de una oportunidad, por muy mala que ésta fuese. Como muchos otros, se sentía desarraigado, inútil, vacío. Una vez le aconsejaron viajar para encontrar su lugar en el mundo. No lo intentó hasta entonces. En el fondo temía que no existiera un lugar para él, ni aquí ni allá a dónde fuera. Siempre dio por hecho que el lugar no era lo importante, pero aseguraba que había nacido en la época equivocada.

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Miradas

MiradasMiradas.

A través de la ventana, contempló a las ideas perderse. Observó cómo la niebla iba devorando la linde del bosque e imaginó, que se despertaba al otro lado del sueño. Llevaba tanto tiempo sintiendo que los años se volvían escarcha en los pliegues de su memoria, que olvidar era su mayor consuelo. Olvidar el pasado, olvidar el amor, olvidar a sus demonios…

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Canción al aire

Canción al aireCanción al aire.

Enredada en la miseria

de un consuelo insuficiente,

me cansé

de lanzar al aire,

cometas de azahar.

Suspiré,

como si todo el aire del mundo

fuera para mí

y me arrojé,

al yugo eterno

de tu ausencia.

 

Consentí

hacer del ocre

y de la sabia,

mi perfume

y mi ajuar.

Me supo a azufre

cada verso

destilado…

Me perdí

en la desventura

de implorar

a la tormenta,

un día más

y así hacer,

de la lluvia,

mi amante.

Canción al aire.

Imagen: Joel Robinson

https://joelrobison.com/

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