Categorías: Escritos Relatos
Te espero.

Sayaka GanzTe espero.

Tú no lo ves pero empiezas a perderme.

Sobre el viento es vertida una melodía de piano que se repite infinitamente. Experimento cómo mis huesos se amarran entre sus notas, a pesar de que mi mente fluctúe a años luz de ellas. Me derrito entre las aguas de un ciclo que tarde o temprano, se repite, se me atraganta y me ahoga. Hay una lección en él que todavía, no he aprendido.

Desde mi Atalaya contemplo solemne, cómo se dibuja el límite de mi paciencia sobre el horizonte. La aurora me acompaña en esta noche infestada de estrellas caídas. Ni el frío ni la lluvia me sorprenden. Dentro de mí, habitan lagunas por las que el agua le cuesta fluir y siento que me voy contaminando por ellas.

Este es un terreno angosto por el que se cruzan tu sendero y el mío. Juntos transcurren a través de la maleza, dibujando una estela serpenteantemente abrupta. Me detengo bastante apenada porque desde las rocas, no se puede ver el mar.

Esta es una canción que suena jodidamente triste. Así que si tú quieres, la podemos silenciar.Christopher David White

Te espero.

Imagen 1: Sayaka Ganz

Imagen 2: Christopher David White

Categorías: Escritos Poemas
The end

The endThe End

Al final de todo,

lo más lejos posible,

te encontraré,

abatido y consumido,

despojado de todo

lo que un día fuiste.

A punto de caer,

de aplastar tu viejo rostro

contra el asfalto…

Y en ese preciso instante

de desconsuelo,

como en un arte

prohibido,

el león abrirá

sus alas nuevas

y tú,

como en tus sueños,

volarás.

Imagen: Laurent Rosset

The end
Categorías: Escritos Relatos
El cuaderno

El cuadernoEl cuaderno

Era temprano. El sol apenas hacía atisbos de presencia en el horizonte. La ciudad descansaba aun, inmersa en su plácida ensoñación de colores profundos y estrellas centelleantes. Poco a poco, la vida comenzaba a desvelarse. El ruido volvía en forma de humeantes motores de automóviles. Tóxicos, sus rugidos ahogaban el hermoso canto de las aves que, afanadas desde las copas de los árboles, entregaban al mundo, su particular espectáculo de vida y resplandor.

Jorge era uno de tantos jóvenes que esperaban en el andén de la estación a que un tren le cambiara la suerte. Cabizbajo y enfundado en su abrigo de color gris, era incapaz de disimular su nerviosismo. Manoseaba el billete que le conduciría a una ciudad desconocida. En el fondo, sabía que no se quedaría en ella por mucho tiempo y esa sensación, lo aliviaba. Lo suyo no eran las aglomeraciones. No compartía ese afán urbanita de ir siempre con prisas de un lado para otro, ni tampoco, esa manía absurda, de caminar con la mirada pegada a la pantalla de un teléfono móvil.

Su mayor temor en aquella estación, no era perder el tren ni tampoco, alejarse de quiénes conocía mientras viajaba con una idea superficial de la ciudad a la que iba, del hostal en el que se quedaría hasta poder conocer a alguien con el que compartir un piso, ni tampoco temía el humilde puesto de friegaplatos que le esperaba en un famoso restaurante. Carraspeó al pensar en esto último. Lo comparó con sus cinco años en la facultad y con los dos —que se le hicieron eternos–, para acabar el doctorado.

— Pero a nadie le interesa ya, la historia–suspiró.

Una suave brisa acompañó al tren, que llegó puntual a su cita. Jorge le dedicó una última mirada al cielo de su pequeña ciudad natal, preguntándose cuántos meses –sino años- pasarían hasta su retorno. Le esperaba un largo viaje: un tren, un vuelo, un autobús, cinco ríos, doce ciudades y tres idiomas. Todo, en busca de una oportunidad, por muy mala que ésta fuese. Como muchos otros, se sentía desarraigado, inútil, vacío. Una vez le aconsejaron viajar para encontrar su lugar en el mundo. No lo intentó hasta entonces. En el fondo temía que no existiera un lugar para él, ni aquí ni allá a dónde fuera. Siempre dio por hecho que el lugar no era lo importante, pero aseguraba que había nacido en la época equivocada.

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El autobús

El autobúsEl autobús.

Cuando anochece en la ciudad, parece que la vida se apresure a esconderse. Granada se viste de tenues luces mientras sus calles son recorridas por personas que caminan deprisa y suben en autobuses con destino a casa. Son autómatas que celebran con un suspiro y una sonrisa en los labios, unas leves horas de restringida libertad.

Yo también esperaba al autobús en aquél crepúsculo. Como muchos otros, trataba de no mirar a nadie a los ojos y me entretenía recorriendo con la vista, las juntas de las baldosas. Ver pasar los coches es aburrido, tanto si esperas como si no. Traté de escuchar el canto de las aves por encima del ruido, pero éste lo ahogaba con su vaporoso sabor a alquitrán.

Al fin llegó mi transporte. Me abroché el abrigo y subí a aquél autobús con destino a mis paisajes. Para mí, la ciudad ya no tenía más significado que el de ser un lugar de paso. Me observé las manos. Estaban frías y enrojecidas. Fuera, sólo fragmentos de mi reflejo me devolvían la mirada a través del vidrio. Se trataba de una mirada cansada y perdida, ausente… En el fondo sé que yo no existía para ella.

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Niño Guepardo

Niño GuepardoNiño Guepardo.

[…]

—El camino que conduce a la ciudad pasa por un desfiladero del que cuelgan a sendos lados, los cuerpos inertes de antiguos traficantes. Para llegar a Nyartha, es necesario poseer un buen transporte si no quieres adornar las rocas con tu sangre. Los Ïurnon custodian la entrada y no se dejarán sobornar por menos de una bolsa de plata. Una vez fueron una tribu nómada que vivía en armonía con la Madre Tierra, pero ahora, con la llegada al trono de Zoorwen, se han convertido en vulgares asaltantes y asesinos. No queda nada puro en ellos. El desierto ha dejado de ser la cuna del hombre libre— el druida hizo una pausa y miró al joven—. Ahora dime, ¿qué piensa hacer un simple niño, para llegar vivo a la ciudad?

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Noche mágica

Noche mágicaNoche mágica.

Recuerdo la noche en la que me enamoré de ti. Éramos jóvenes en busca del misterio. Juntos ascendimos hasta los muros de La Alhambra y nos olvidamos del tiempo en sus jardines. Ni el frío ni la humedad, nos hicieron desistir del disfrute del mármol de sus bancos ni de la belleza de sus fuentes. Recuerdo que mirábamos cada árbol como si pudieran hablarnos y que perseguíamos las acequias en busca de peces de colores. Sentí que volvía a ser una niña y que yo también formaba parte del bosque y la roca.

Visitar La Alhambra de noche es acceder sólo a sus jardines y al exterior de sus edificios pero también, es encontrarte a solas con ellos. Los turistas no suelen venir de noche y la paz y el silencio que reina en el lugar, invitan a acallar la mente y los labios.

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