Categorías: Escritos Relatos
Te espero.

Sayaka GanzTe espero.

Tú no lo ves pero empiezas a perderme.

Sobre el viento es vertida una melodía de piano que se repite infinitamente. Experimento cómo mis huesos se amarran entre sus notas, a pesar de que mi mente fluctúe a años luz de ellas. Me derrito entre las aguas de un ciclo que tarde o temprano, se repite, se me atraganta y me ahoga. Hay una lección en él que todavía, no he aprendido.

Desde mi Atalaya contemplo solemne, cómo se dibuja el límite de mi paciencia sobre el horizonte. La aurora me acompaña en esta noche infestada de estrellas caídas. Ni el frío ni la lluvia me sorprenden. Dentro de mí, habitan lagunas por las que el agua le cuesta fluir y siento que me voy contaminando por ellas.

Este es un terreno angosto por el que se cruzan tu sendero y el mío. Juntos transcurren a través de la maleza, dibujando una estela serpenteantemente abrupta. Me detengo bastante apenada porque desde las rocas, no se puede ver el mar.

Esta es una canción que suena jodidamente triste. Así que si tú quieres, la podemos silenciar.Christopher David White

Te espero.

Imagen 1: Sayaka Ganz

Imagen 2: Christopher David White

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El autobús

El autobúsEl autobús.

Cuando anochece en la ciudad, parece que la vida se apresure a esconderse. Granada se viste de tenues luces mientras sus calles son recorridas por personas que caminan deprisa y suben en autobuses con destino a casa. Son autómatas que celebran con un suspiro y una sonrisa en los labios, unas leves horas de restringida libertad.

Yo también esperaba al autobús en aquél crepúsculo. Como muchos otros, trataba de no mirar a nadie a los ojos y me entretenía recorriendo con la vista, las juntas de las baldosas. Ver pasar los coches es aburrido, tanto si esperas como si no. Traté de escuchar el canto de las aves por encima del ruido, pero éste lo ahogaba con su vaporoso sabor a alquitrán.

Al fin llegó mi transporte. Me abroché el abrigo y subí a aquél autobús con destino a mis paisajes. Para mí, la ciudad ya no tenía más significado que el de ser un lugar de paso. Me observé las manos. Estaban frías y enrojecidas. Fuera, sólo fragmentos de mi reflejo me devolvían la mirada a través del vidrio. Se trataba de una mirada cansada y perdida, ausente… En el fondo sé que yo no existía para ella.

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Noche mágica

Noche mágicaNoche mágica.

Recuerdo la noche en la que me enamoré de ti. Éramos jóvenes en busca del misterio. Juntos ascendimos hasta los muros de La Alhambra y nos olvidamos del tiempo en sus jardines. Ni el frío ni la humedad, nos hicieron desistir del disfrute del mármol de sus bancos ni de la belleza de sus fuentes. Recuerdo que mirábamos cada árbol como si pudieran hablarnos y que perseguíamos las acequias en busca de peces de colores. Sentí que volvía a ser una niña y que yo también formaba parte del bosque y la roca.

Visitar La Alhambra de noche es acceder sólo a sus jardines y al exterior de sus edificios pero también, es encontrarte a solas con ellos. Los turistas no suelen venir de noche y la paz y el silencio que reina en el lugar, invitan a acallar la mente y los labios.

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Me quedo
Me quedoMe quedo.

Me quedo con las horas dormidas y los sueños desvelados. Me encuentro a solas, a escasos instantes de la fantasía… Y a miles de kilómetros de la realidad.

Me quedo y me encuentro. Me encuentro y me quedo, en silencio… Contemplando la tenue oscuridad del pálpito. Al arropo de quien conoce mis sueños, de quien me brinda la realidad.

Me encuentro, como siempre, desvelando pesadillas, arrucando fantasías. Lejos del ruido, pegada a la conciencia. Haciendo lo que me dicta el instinto. Cerrando puertas y abriendo el alma de par en par.

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Ser

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Podemos quedarnos sentados esperando a que nos abrace el don de la palabra. Podemos seguir con los ojos cerrados, ignorando el repiqueteo de la arena abrasándonos la piel desnuda. Podemos seguir usando excusas desgastadas bajo la falsa bandera del entendimiento. Musitar en el silencio, violando el eco de la palabra no dicha. Rodar escaleras abajo, serpenteando al miedo y el olvido. Comenzar a emerger del naufragio, no así los muertos que no fuimos, para desenterrar de nuestros labios, el musgo y las espinas. Besarnos…

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