Categorías: Escritos Relatos
La otra llama

La otra llamaLa otra llama.

«Me desvanezco

y rota en mil esquirlas de aire,

continúo siendo ausencia».

Un golpe seco en la ventana, consiguió que la niña dejara de leer el cuaderno de poemas que había encontrado en el mohoso sótano de sus abuelos. De un salto, lo escondió bajo la almohada y miró a su alrededor en busca de quien la había asustado; mas sólo la rama del viejo olmo del jardín mecida por el viento, respondió a su llamada.

Hacía frío aquella noche. El aire se filtraba por el marco de la ventana y movía las cortinas de manera espectral. María se estremeció. Era la primera vez que dormía en la habitación del fondo. Siempre le asustó aquél dormitorio. Estaba ubicado al final de un largo pasillo y también, muy lejos del cuarto de sus abuelos. Siempre temió encontrarse con lo desconocido al cruzar su puerta. Era una especie de miedo irracional que ni siquiera le permitía mirar hacia su dirección. Sin embargo, ya había crecido (o eso le decían todos). Su abuelo le retó a dormir en el temido cuarto, aquella misma tarde, cuando bajaron al sótano en busca de la vieja caja de juguetes con los que jugaba la madre de María, cuando ésta era pequeña.  Allí encontró el cuaderno y sin que el abuelo lo viera, lo escondió debajo de su jersey de punto.

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Buscandote

BuscandoteBuscandote.

Ella me pidió que te esperara. Era tarde y la lluvia había espantado a todo transeúnte despistado. Se hizo de noche y sin embargo, aquí seguía yo, con mi gabardina y los pies empapados; contemplando el agónico abandono del segundero de un reloj, que parecía no tener cuerda. Él me miraba, ahí arriba, encaramado a una de las torres de piedra. Parecía reírse de mí, desde la tétrica silueta de esa maldita Iglesia, en la que tú y yo, un día, nos casamos.

Las horas pasaban mientras que para mí, enraizado en mitad de aquella plaza vacía, comparaba el tiempo con la caída impasible de los pétalos de una rosa mustia. Exasperé buscando en mi disconformidad, tu presencia, mas tú no apareciste.

Ella me telefoneó como seis veces, en las horas en las que, todavía, aguardaba más allá de la paciencia, tu figura. La estatua que presidía la plaza, debió de pensar que estaba mal de la cabeza. Ella me observaba a través de sus fríos ojos de mármol, mientras la lluvia nos castigaba a ambos. Quizá debí quedarme seis o nueve horas más, pero pensé que tres, fueron más que suficientes. No logro determinar en qué estarías pensando…

La tetera silbaba sólo para mí, en aquella mañana en la que las nubes negras, dieron paso a un sol que no calentaba en absoluto. Había planeado aquel momento de mil formas distintas. Café, tortitas, incluso hubiera madrugado para traerte churros con chocolate; pero aquella mañana, no había nadie conmigo y yo no pegué ojo en toda la noche. Estuve pendiente del teléfono, de la ventana y de la puerta. Dando vueltas por las calles por si te encontraba. Llamé a los hospitales y a la policía, pero nada. Te evaporaste.

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El velo

El veloEl Velo

Siento que la ilusión se desvanece. La mugre de esta oquedad que me guarda, se ha convertido en una mezcla de lodo y cenizas. Sustancia viscosa que, lentamente, resbala por las paredes e impregna el suelo. Avanza dejando tras de sí, un reguero sombrío. Engulle las juntas de las baldosas y llega hasta mis pies descalzos, empapándolos. Calmando con ellos y por el momento, su sed de mí.

Inspiro. Vapores de desengaño penetran en mi cuerpo y desgarran mi carne junto con mis creencias. Apenas me quedan fuerzas para replantearme si existe una pizca de verdad en mi pasado, pues ya me he rendido ante lo que es y lo que es y lo que soy, son sólo energías en movimiento.

Me gustaría derramarme por el abismo de hielo. Transmutar mi cuerpo hasta hacerlo insustancial. Volar, volar cada vez más alto, como lo haría un ave a través del humo y el fuego, por encima de senderos tortuosos, hasta llegar a su destino. Me encantaría ser valiente y no mirar los vaivenes de este tren oxidado. Temer que mi parada sea la próxima, me muestra lo mucho que aún me queda por aprender. Mientras trato de serenar este instinto primitivo, contemplo las caricias enmohecidas que tatúan mi recuerdo y el anhelo de la lluvia empañando de nuevo, mis ojos, me invita a soñar.

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