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La Niebla. La tienda de comestibles
La Niebla (Segunda Parte)

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La tienda de comestibles

El vidrio crujía bajo las suelas de mis zapatos. Mis manos sostenían el bote de laca abierto justo detrás de la llama del mechero y así, con mi lanzallamas rudimentario, me dispuse a explorar la tienda.

Dentro, la niebla se había disipado quedando su gélida y fantasmagórica estela, salpicada con el intermitente parpadeo de un tubo fluorescente, medio arrancado del techo. Avancé unos pasos más, esquivando frascos rotos de espárragos y acelgas, latas de tomate y atún, pan de molde…. lo típico que encuentras en un comercio pequeño. Algunas estanterías estaban volcadas. Había huellas de pisadas y manchas de sangre seca, bañadas en leche y refresco, pero ni rastro de ningún cuerpo. Continúa leyendo…

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La Niebla
La Niebla

Una mano sin tres dedos

13 de noviembre de 1969

Era la primera vez que cogía el tren a Burgos. Me había citado en el Ayuntamiento de Colmenar Viejo, con el propietario de un terreno que me interesaba adquirir. Estaba decidido a expandir el negocio familiar construyendo en él, una granja ganadera. No fue muy complicado decidirme. El terreno tenía buena ubicación, el tamaño adecuado, red eléctrica, pozo propio y, además, era urbanizable. Lo único de lo que podía quejarme —si es que realmente podía quejarme de algo—, era de que el camino no estuviese asfaltado. En mi visita anterior, los baches reventaron los amortiguadores de mi coche y eran los responsables de que estuviera, en ese momento, en el taller.

Desde Madrid, el camino en tren se me hizo muy largo. Una espesa niebla impedía ver nada al otro lado de la ventanilla. Dentro, existía cierta tensión entre los pasajeros. Nadie sabía a qué se debía tanta inquietud generalizada. En los periódicos no aparecía ninguna noticia alarmista ni sospechosa. Todo iba bien en el régimen: la economía subía, el paro bajaba. En fin, lo de siempre.

Sin embargo, todos habíamos oído rumores acerca de cierta enfermedad desconocida, que volvía loca a la gente. No soy muy amigo de hacerle caso a las habladurías, pero en esta ocasión, me era imposible ser del todo, ajeno a ellas. Todos habíamos escuchado historias similares acerca de un familiar de un conocido, amigo de unos amigos no muy cercanos, que había sido víctima de esta nueva patología. Las historias eran confusas y solían contradecirse. A veces decían que la persona enfermaba de locura o de rabia, por haber bebido agua no potable. Otras veces, era consecuencia del mordisco de una alimaña tipo murciélago, rata o zorro, dependiendo de la versión. En cualquier caso, no se sabía siquiera, si estos rumores eran verdaderos, pero a todos nos ponían los pelos de punta. Continúa leyendo…

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La otra llama

La otra llamaLa otra llama.

«Me desvanezco

y rota en mil esquirlas de aire,

continúo siendo ausencia».

Un golpe seco en la ventana, consiguió que la niña dejara de leer el cuaderno de poemas que había encontrado en el mohoso sótano de sus abuelos. De un salto, lo escondió bajo la almohada y miró a su alrededor en busca de quien la había asustado; mas sólo la rama del viejo olmo del jardín mecida por el viento, respondió a su llamada.

Hacía frío aquella noche. El aire se filtraba por el marco de la ventana y movía las cortinas de manera espectral. María se estremeció. Era la primera vez que dormía en la habitación del fondo. Siempre le asustó aquél dormitorio. Estaba ubicado al final de un largo pasillo y también, muy lejos del cuarto de sus abuelos. Siempre temió encontrarse con lo desconocido al cruzar su puerta. Era una especie de miedo irracional que ni siquiera le permitía mirar hacia su dirección. Sin embargo, ya había crecido (o eso le decían todos). Su abuelo le retó a dormir en el temido cuarto, aquella misma tarde, cuando bajaron al sótano en busca de la vieja caja de juguetes con los que jugaba la madre de María, cuando ésta era pequeña.  Allí encontró el cuaderno y sin que el abuelo lo viera, lo escondió debajo de su jersey de punto.

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