Categorías: Escritos Relatos
Lo acepto
Lo aceptoLo acepto.

Me vuelvo hacia adentro, soy instante.

Me deshago en espuma y vapor de vaho. Respiro, estoy muriendo.

Aparezco en mitad de un anhelo que se desangra, lentamente, sobre todos los debería que pude hacer y no obstante, no realicé. Callo y respiro escarcha.

Me siento tibia, empapada en la hiel que emborracha los fragmentos de mis amores pasados. Flota el resentimiento alrededor de ellos, como si fuera un iceberg famélico, abandonado a su suerte. Tiemblo.

Me cobijo entre los recovecos de un puñado de lágrimas que no fui capaz de liberar y me duermo. Pasa el tiempo, envejezco. Amanezco desnuda a los pies de un amanecer que ahuyenta al miedo. Siento calma.

Miro hacia abajo, y en mi periferia descubro mi inexistencia, a través del Soy más puro. Exploro lo que percibo, deslumbro. Libre al fin, del dolor, la pena y la culpa. Comprendo el camino, deshojada del apego. Lo acepto.

Fluyo.

Imagen: Daniel Kordan

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Notas al aire

Notas al aireNotas al aire

Me voy lejos de ti, lejos del ruido.

Me marcho, para que mis pasos no vuelvan a cruzarse con los tuyos.

Para que la espina de esta rosa se pudra.

Para que el silencio recicle tu ausencia.

Me retiro al lugar donde las voces no llegan.

Conmigo, el cielo y el mar, las horas y los sueños que me quedan.

La brisa transformará mi cuerpo en crisales de sal.

Sonreiré.

Hoy aprendí, que los corazones más grandes son también, los más callados.

Imagen: Mikko Lagerstedt

Notas al aire.
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El cuaderno

El cuadernoEl cuaderno

Era temprano. El sol apenas hacía atisbos de presencia en el horizonte. La ciudad descansaba aun, inmersa en su plácida ensoñación de colores profundos y estrellas centelleantes. Poco a poco, la vida comenzaba a desvelarse. El ruido volvía en forma de humeantes motores de automóviles. Tóxicos, sus rugidos ahogaban el hermoso canto de las aves que, afanadas desde las copas de los árboles, entregaban al mundo, su particular espectáculo de vida y resplandor.

Jorge era uno de tantos jóvenes que esperaban en el andén de la estación a que un tren le cambiara la suerte. Cabizbajo y enfundado en su abrigo de color gris, era incapaz de disimular su nerviosismo. Manoseaba el billete que le conduciría a una ciudad desconocida. En el fondo, sabía que no se quedaría en ella por mucho tiempo y esa sensación, lo aliviaba. Lo suyo no eran las aglomeraciones. No compartía ese afán urbanita de ir siempre con prisas de un lado para otro, ni tampoco, esa manía absurda, de caminar con la mirada pegada a la pantalla de un teléfono móvil.

Su mayor temor en aquella estación, no era perder el tren ni tampoco, alejarse de quiénes conocía mientras viajaba con una idea superficial de la ciudad a la que iba, del hostal en el que se quedaría hasta poder conocer a alguien con el que compartir un piso, ni tampoco temía el humilde puesto de friegaplatos que le esperaba en un famoso restaurante. Carraspeó al pensar en esto último. Lo comparó con sus cinco años en la facultad y con los dos —que se le hicieron eternos–, para acabar el doctorado.

— Pero a nadie le interesa ya, la historia–suspiró.

Una suave brisa acompañó al tren, que llegó puntual a su cita. Jorge le dedicó una última mirada al cielo de su pequeña ciudad natal, preguntándose cuántos meses –sino años- pasarían hasta su retorno. Le esperaba un largo viaje: un tren, un vuelo, un autobús, cinco ríos, doce ciudades y tres idiomas. Todo, en busca de una oportunidad, por muy mala que ésta fuese. Como muchos otros, se sentía desarraigado, inútil, vacío. Una vez le aconsejaron viajar para encontrar su lugar en el mundo. No lo intentó hasta entonces. En el fondo temía que no existiera un lugar para él, ni aquí ni allá a dónde fuera. Siempre dio por hecho que el lugar no era lo importante, pero aseguraba que había nacido en la época equivocada.

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Seamos

SeamosSeamos.

Quédate conmigo. A veces no soporto el silencio que me oprime cuando estoy sola. Siempre aparece abarrotado de palabras audibles. Voces que se solapan las unas con las otras, en busca de mi atención, cuando yo sólo anhelo respirar el sosiego del vacío… Quédate, pues con tu presencia todo es más fácil. Contigo puedo enmudecer a las ideas que me alejan de mi propósito. Soy capaz de contemplar la inmensidad del mundo sin sufrir de vértigo y volar, ya que me sostiene la suave placidez de tu mano. A tu lado al fin, me relajo.

Contigo desalojo a las palabras que no sirven para nada y consigo que todo discurra con naturalidad, como tiene que ser. Dejo de preocuparme por el mañana y el ayer se enreda en el pasado hasta morir en él. Me quedo a solas con mi subconsciente y gozo al ver cómo se ilumina. Sonrío, porque alcanzo nuevos matices con los que decorar mi alma y porque tú estás a mi lado, equilibrándome. Compartiendo la delicada esencia del momento presente sin dañarlo. Haciendo del espacio, el propio espacio del ser.

Quédate, seamos luminiscencia. Empecemos a llenar de amor todos los instantes de esta vida.

Seamos.

Imagen: Mikeila Borgia

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Otoño

OtoñoOtoño.

Lúgubres y asonantes, así son los versos que nos sostienen. Ni el crepitar de la hoguera vence ya, nuestro invierno. Se han desdibujado palabras cargadas de dulzura… Como si fuera tan fácil desvestirse de ellas… Ahora quedan suspendidas dentro de un frasco de formol… en busca de la melodía, de aquella melodía….

Esta noche vino a verme la muerte y acarreó consigo, algunos de mis yoes pasados… y con ellos, te trajo a ti… quimera hostil de rostro cambiante. Reviví lo que era estar contigo y el resultado fue un vacío inmenso… Te has paseado por fragmentos de mí que quedaron obsoletos, mientras te vigilaba en la distancia. Intentaste de nuevo, hacerme sentir, como si creyeras que  aún te necesito.

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