Categorías: Escritos Relatos

Premio local

Premio localEntrega de premios José Rodríguez Dumont, en el centro de la fotografía Pilar Ortiz, ganadora del Premio Local.

El pasado sábado 30 de abril, tuvo lugar la entrega de premios y becas de estudio, del XVIII Certamen Literario “José Rodríguez Dumont”. Al final de esta entrada, tenéis un par de enlaces a esta noticia, por si queréis echarle un vistazo.

Me gustaría dar mi punto de vista del evento, ya que, por segundo año consecutivo, me eligieron como ganadora de la categoría de relato corto a nivel local.

Este año disfruté muchísimo de la compañía del resto de premiados del certamen. Fue un verdadero placer conocer e intercambiar impresiones con Laura, Noelia y Alberto, y me alegré muchísimo de volver a ver a Marina, como ganadora de la categoría juvenil. Ha mejorado mucho su estilo, en tan sólo un año.  Además, no pude darle más que una felicitación a la pequeña Ainhoa, que, debido a su juventud, estaba deseando salir corriendo de allí. Su tierno relato, nos llegó a todos.

El buen rollo que hubo desde el principio entre nosotros, es algo difícil de olvidar y reconozco que el año pasado, no estuve tan cómoda como en éste. Quizás me esté abriendo a este tipo de eventos en mi vida. Fluir, lo que se dice fluir, reconozco que he darme un empujoncito, ya que tengo que mejorar todavía, mi lectura en público. La falta cierta práctica y que los nervios me traicionan un poco al empezar pero luego, lo demás sale solo.

Para ir concluyendo, me gustaron todas las lecturas, siempre se aprende algo de ellas. Historias bonitas, que me hicieron reír y reflexionar, y poemas que arañaron el dolor en busca de la luz que habita tras él. Desde luego fue una velada interesante, que concluyó con la actuación de un coro con gente para mí, conocida. Fue bonito escucharles a todos.

…Aunque, si en algo nos pusimos de acuerdo todos los premiados, fue que el picoteo que hubo a la salida de la entrega, estuvo genial. Ahí fue cuando pudimos conocernos todos un poco mejor e intercambiar impresiones con los asistentes.

Sin más dilación, os dejo los dos enlaces prometidos y mi relato. Espero que os guste.

La vanguardia / El faro motril

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DORGU

Atardecía. El sol rasgaba el horizonte en mitad de un alarido inaudible. Se desangraba en tonos burdeos, violáceos y anaranjados mientras, allí abajo, una densa masa de gases hacía imposible contemplar su agonía. La fragua no descansaba nunca. Los esclavos trabajaban durante turnos inacabables. Los que morían, eran fácilmente reemplazados y así, la fabricación de armas no se interrumpía.

Se avecinaba una guerra inminente y el tirano Rey Or, no estaba dispuesto a perderla. Todo su reino estaba en juego. Un reino podrido por la avaricia de un soberano enfermo. Antaño, Yung fue una tierra próspera cuyo pueblo se nutría en busca del conocimiento y el arte, pero un día, un extranjero a lomos de un dragón de fuego, irrumpió en palacio. Arrasó todo el reino y asesinó a sus gobernantes. Esclavizó a su pueblo y abrió las fronteras a orcos y trolls. Se instauró el Reino del Miedo y la oscuridad devoró el corazón de los hombres.

Dorgu se limpiaba las llagas de sus pies descalzos con un paño roñoso. Había perdido sus sencillos zuecos de madera en una reyerta con otro esclavo, mayor que él. Perder el calzado, en su posición, era todo un problema. Los trapos que el pequeño usaba a modo de calcetín, apenas lo aislaban del suelo.

Pese a dormir en una mugrosa celda congestionada de hombres, el frío del invierno era insoportable. No había camastros ni mantas. El único calor que existía, era el de los mismos cuerpos confinados. Cuerpos famélicos y destrozados. Dorgu era uno de ellos. Los niños como él no vivían mucho tiempo. Tenía alrededor de trece años. Él era uno de los que consiguieron salvarse de la criba acontecida en el año de su nacimiento. Cada año, trolls y orcos, escogían a nueve recién nacidos para darse un festín. Cuando nació, Dorgu era muy pequeño, tan pequeño y callado, que fue fácil de esconder.

Muy pocos niños llegaban a cumplir los diez años. La vida en la fragua era muy dura. Las celdas donde los esclavos descansaban escasas horas, estaban sucias y sin ventilar. El frío, el hambre, el cansancio, las lesiones y las enfermedades, mataban más que los monstruos. Los esclavos tenían que recorrer quinientos metros sobre la nieve antes de adentrarse en el sofocante calor de los hornos. Allí, el trabajo era extenuante.

Dorgu sollozaba junto a los barrotes de su celda. Sabía que su situación no era buena. Los niños no conocían a sus padres. Las mujeres embarazadas eran separadas del grupo en cuanto eran detectadas y pasaban el resto de su embarazo y el primer año de vida del bebé, agrupadas en “celdas criaderos”. Después, las madres volvían con el resto de los esclavos y a los niños de entre uno y cuatro años, se les obligaba a sacar ciertos minerales de los túneles más estrechos. Las madres y los niños que no sobrevivían, pasaban a ser alimento de orcos y trolls y si eran demasiados, también estaban en la dieta de los esclavos.

Cuando Dorgu tuvo edad suficiente para vivir con el resto de cautivos, una mujer decidió que sería su madre. Meses después, murió. Una lesión la convirtió en alimento. Ahora el muchacho temía que fuera su turno. Sin calzado, no aguantaría el ritmo de trabajo por mucho tiempo.

Ione le estaba mirando con sus ojos tristes. Era una niña callada y de edad similar a la suya aunque aparentaba ser mayor. Ione lo abrazó. Sus sollozos le inspiraban una inmensa ternura. Apenas hablaron, no lo necesitaban. Entre ellos había algo más que una inocencia arrancada de cuajo, existía amor, un amor adulto. Ione se acarició el vientre. Una nueva vida se gestaba dentro de él. Aún no la habían descubierto. Las mujeres solían parir siendo muy jóvenes. Muchas de ellas no sobrevivían al parto. Ione y Dorgu lo sabían.

El sonido de la corneta los devolvió al momento presente. Aquella no era la señal para volver al trabajo, sino algo peor. Significaba el comienzo de la guerra. Un puñado de trolls eufóricos, irrumpieron en las mazmorras. Horas después, los esclavos encabezaban la marcha. Iban equipados con armaduras simples y espadas cortas. El fin no era pelear sino hacer de escudo a los verdaderos guerreros.

Dorgu no veía a Ione por ninguna parte. Ni siquiera sabía si ella también, estaba allí. Le aterraba la batalla. No sólo por los días a pie a través de la nieve que le esperaban ni tampoco, por las criaturas con las que tendría que pelear sin saber si quiera, empuñar su arma. Lo que más le horrorizaba, era su propio bando: dragones de fuego, orcos, trolls, hienas y lobos. Ninguno de ellos, dudaría en comérselo. Dorgu sabía que no sobreviviría pero consiguió alcanzar el lugar de la batalla. Aguantó el paso durante quince fatigantes días y al fin, el momento de su muerte había llegado. Le costaba mantenerse en pie.

La ofensiva comenzó. Los muertos pronto pasaron de contarse por decenas a cientos. La esmirriada figura del joven, le ayudó a escabullirse, agazapado entre los cadáveres. Aun así, lo hirieron y rodó por una colina, desangrándose. Una neblina impregnó su visión y para él, los ecos de la batalla comenzaron a desvanecerse. En su lugar apareció una voz. Era la suave voz de Ione, susurrándole palabras de afecto. Le embriagó su olor y creyó que se moría. Ione no los había acompañado, al menos él, no la encontró. En mitad de su bruma, comenzó a dibujarse su figura y en sus brazos, un bebé. El bebé no nato, que ni siquiera tenía forma humana. Dorgu supo que alucinaba. Entonces, una fuerte sacudida lo trajo de vuelta al mundo real.

Dorgu abrió los ojos y se encontró recostado sobre un lecho, dentro de una caverna. Tenía el torso vendado. El crepitar de una hoguera lo acompañaba. Sin darse cuenta, se vio caminando hacia el fondo de la cueva, seducido por una melodía extraña. Una tremenda sacudida le hizo perder el equilibrio y caer, pero no lo disuadió. Quería saber de dónde venía aquella música. A cada paso que daba, se hacía más perceptible, incluso familiar… De nuevo, otra sacudida. Dorgu giró a la derecha y encontró luz. ¡Allí estaban! Raudo, el niño se escondió tras una roca. El suelo tembló otra vez  y entonces….

—César, despierta. Tienes que ir a la escuela.

—Jo… mamá… déjame cinco minutos más…

Relato ganador del premio local José Rodríguez Dumont 2016.

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Pilar Ortiz
Amante de las buenas historias, fruto de una imaginación desbordante. Apasionada, descriptiva y muy visual. Sus cualidades sólo son superadas por sus ganas de aprender y perfeccionarse en el arte de la escritura.
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